Segunda vuelta


24 de Noviembre de 2015

¿Cómo llegará México a 2018? Si electoralmente las cosas siguen como están, será sin ninguna sorpresa: un país polarizado, tal como lo ha sido en las tres últimas elecciones presidenciales. Apenas es 2015 y ya hay, por lo menos, una decena de aspirantes a Los Pinos. El de siempre, Andrés Manuel; los que ya levantaron la mano: Miguel Ángel Mancera y Margarita Zavala; los que aspiran cada vez más fuerte: Jaime Rodríguez CalderónEl Bronco, y Eruviel Ávila; los que desde siempre han mencionado: Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong; los que se van perfilando y podrían ser caballos negros: Aurelio Nuño y José Antonio Meade y hasta Claudia Ruiz Massieu; los que, dicen, van nutriendo su intención:Manlio Fabio BeltronesRicardo Anaya y Rafael Moreno Valle; y hasta los que ya suspiran hondo (en voz alta o en silencio) para aprovechar que por primera vez existirá para una elección presidencial la figura de la candidatura independiente.

Con un panorama así, no podemos sino esperar que quien resulte ganador en la presidencial, lo sea con un porcentaje de votos no mayor a 30%. Esto es, aunque ninguno de los nombres antes mencionados tiene segura su llegada a la boleta, sí es claro que se escribirán en ella todos los nombres posibles. El voto se dividirá, además de polarizarse, como ha ocurrido en las últimas tres contiendas, en dos de ellas con la presencia de López Obrador, quien ya sabemos va por su tercera. Cualquiera que llegue a la Presidencia en 2018, lo hará con una victoria que ni lejanamente será respaldada por la mayoría. La única y gran alternativa para sustentar que el triunfo que llegue en esa elección, lo sea ratificado por la mayoría que le otorguen esos mismos electores será la segunda vuelta. No sólo para evitar los ya acostumbradísimos gritos de “fraude” en donde no lo hay, sino para aplicar, institucionalmente, una operación cicatriz para la sociedad, que lleva, al menos, dos elecciones presidenciales en las que no ha asistido más que a su ruptura, su decepción y su, como ya mencionamos, inevitable y dolorosa polarización.

Las condiciones en las que vive el país no están para continuar en arrebatos políticos cuyo único interés es el de continuar con el clientelismo, la compra de votos o la victoria fácil. Cuántas cosas habrían sido distintas si contáramos con procesos mucho más adecuados para fomentar la real competencia partidista. En una de esas, algunos personajes no habrían tenido la oportunidad de soplarle al fuego que los hizo instalarse en el muy lucrativo lugar de la víctima de la democracia nacional. O, en el otro lado de la moneda, hacerse del poder sin sentirse realmente obligados a responder a las expectativas ciudadanas antes que a las propias.

Actualmente, en Latinoamérica son 14 los países en donde existe la figura de la segunda vuelta: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Nicaragua, Perú, República Dominicana, Uruguay y bueno, dicen que hasta Cuba. Y, aunque, en todos ellos la figura de la segunda vuelta aparece sólo bajo determinadas circunstancias, es cierto que su existencia evita tensar de más los ánimos sociales. Los electores tienen oportunidad de modificar su voto, pensar en cuál candidato será el indicado cuando se tenga que votar de nuevo. El domingo, Argentina fue el ejemplo más reciente de cómo funciona la democracia con segunda vuelta: a Cristina Kirchner no le quedó de otra más que aceptar su derrota. No hay posibilidad de pensar que Mauricio Macrillega a la Presidencia argentina en una victoria espuria, dirían aquí.

La opción de regresar a las urnas después de una elección cerrada enriquece cualquier democracia, es “un elemento fundamental”, dijo ayer Felipe Calderónen entrevista con Ciro Gómez Leyva. Y quién mejor que él para reconocer lo útil de una segunda vuelta en una contienda presidencial, ¿le habrían llamado “espurio” AMLO y compañía de haberle ganado dos veces en las urnas? O si  AMLOle hubiera ganado, al menos, ya no habría mandado “al diablo” las instituciones. Para eso funciona una segunda vuelta: para sacudir dudas, para darle a quien gane la elección la legitimidad necesaria para llegar (y ejercer) al cargo para el que fue electo.


Excelsior