Y a usted, ¿le gusta peludo o depilado?
20 Febrero 2015
Excelsior
En serio: a usted, ¿le gusta al natural o rasurado? Y sí, me refiero a aquello que usted está pensando: al cuerpo desnudo, en particular a los genitales externos y, específicamente, al vello púbico femenino. Y la pregunta no se la formulo sólo a mi congéneres, sino también a las mujeres: a ustedes, ¿les gusta dejarlo intacto y sólo dar “una podadita” de vez en cuando, o bien, rasurarse o depilarse con cera? Y, ¿realmente les gusta y disfrutan del resultado —nunca he hecho algo semejante en mi persona, pero ya puedo imaginarme la comezón—, o lo hacen sólo por una idea de su autoimagen y/o para halagar visualmente a su pareja?

El tema del pelo en el cuerpo humano —fuera de su cabeza— es un poco la historia de nuestra lucha como especie contra aquello que en nosotros hay de animal. “Parece chango”, decimos de un hombre sumamente peludo, y casi siempre lo rechazamos, hombres y mujeres, por antiestético. Y en esa palabra, chango, se encierra toda una carga simbólica que busca exorcisar toda huella del simio que descendió de los árboles, se irguió y se convirtió en Homo habilis, en Cromagnon, en Homo sapiens y, al hacerlo, perdió el pelo. Somos monos desnudos, definió el brillante zoólogo Desmond Morris. Y yo completo: somos monos desnudos que buscan convertirse en ángeles, pues los ángeles no muerden, no roban, no fornican, no tienen ideas malsanas, no tienen sexo y, evidentemente, no tienen vello en el cuerpo —y mucho menos púbico.
¿Cuándo empezaron los hombres y mujeres a erradicar los pelos de sus cuerpos? Según los arqueólogos, alrededor del año 30,000 a.C., cuando empezaron a inventarse las primeras navajas de piedra. Miles de años después, alrededor del año 3000 a.C., en la India y en Egipto, aparecieron las primeras navajas metálicas de bronce; en aquellos tiempos, los papiros egipcios hablaban de la belleza del cuerpo totalmente depilado del Faraón y de sus cortesanos. Siglos después, los griegos frotaban sus cuerpos con aceites, arenas y azúcares, para darle una apariencia tersa y sin pelo. Según algunos estudiosos, las antiguas griegas y romanas depilaban su entrepierna utilizando piedra pómez o afilados cuchillos, pues entre las clases altas estaba bien visto mostrar un cuerpo sin vello en las axilas, brazos, piernas y pubis.
Lo mismo sucedía en el Medio Oriente, donde incluso existían establecimientos —antecedentes de Depilité— donde las jovencitas eran llevadas en cuanto empezaban a mostrar signos de madurez sexual, y salían de él perfectamente lisas y lozanas.
En el siglo XX, la moda pasó de los pesados vestidos victorianos a mostrar cada vez más porciones de piel y de carne. Así fue que las mujeres empezaron a rasurar sus piernas, sus antebrazos y sus axilas; después llegó el bikini y, con él, la necesidad de eliminar el pelo que florecía al margen de la tela que cubría “apenas lo indispensable”, y se adquirió la costumbre de depilar con cera la línea del bikini. Y en el campo de lo íntimo llevado al ojo público, en los años 70 las revistas Playboy y Penthouseempezaron a mostrar imágenes del vello púbico femenino que dejaban atrás los días de la sutileza de los desnudos al óleo con ninfetas sin vello omujeres públicas que mostraban una discreta mata de pelo en la unión de sus piernas siempre cerradas: hubo acercamientos, exploraciones de un lado y del otro de este bosque e imágenes casi ginecológicas de los labios mayores y del recinto que celosamente custodiaban, y que jamás antes había sido representado en imágenes.
Se generó un fetiche, una fascinación por el vello púbico —y al tiempo,los hombres enardecidos gritaban en los burlesques: “¡Peeelos! ¡Peeelos!”.
Pero al poco tiempo, en la década de los 80, las modelos empezaron a afeitar los signos de su madurez sexual, dejando al descubierto cada vez más y más la piel de sus órganos genitales, hasta llegar al depilado completo con cera brasileña. Roger Friedland, en un artículo publicado en el Huffington Post, señala que “la pornografía despliega cuerpos sin vello púbico para enfatizar los órganos reproductivos —la hendidura femenina de la vulva y el miembro masculino erecto— y, de esa manera, define los estándares de lo eróticamente deseable”. Los hombres, que de jóvenes consumen pornografía con modelos que exhiben unos genitales perfectamente lisos y depilados, y fantaseaban con ellas, al llegar a la vida sexualmente activa desean que sus parejas luzcan como pornstars. De ese modo —regreso a Friedland—, “los cuerpos femeninos depilados se han convertido en un uniforme para las fantasías sexuales masculinas”. Unos genitales afeitados se han convertido en una señal de disponibilidad sexual y, en nuestros tiempos, muchas mujeres son capaces de rechazar una oferta sexual atractiva sólo por el hecho de que no se han depilado —y por eso muchas mujeres “odian el pelo púbico”.
El pelo púbico femenino tiene, entonces, diversas cargas simbólicas.En primer lugar, como ya lo dije, es un rescoldo de nuestra naturaleza animal, nos hermana con el simio, con lo salvaje, con lo incivilizado, con nuestro Yo primitivo.
Por otro lado, los hombres tienden a pensar que el pelo es algo masculino; un hombre “de pelo en pecho” es aquel que produce la suficiente testosterona como para prodigar al exterior todo un despliegue de caracteres sexuales secundarios, de modo que una mujer con vello en las piernas, las axilas, el pubis, el ombligo o los pezones sería, desde ese punto de vista, muy poco femenina, una machorra. Finalmente, el vello púbico, femenino y masculino, es un signo de madurez sexual y señala que el individuo es capaz de crear vida, y la función de los pelos es la de propagar en el aire las feromonas que dan la señal de que el o la joven es fértil —algo así como los pistilos de las flores.
Y entonces, ¿cómo pasamos del fetiche por ese triángulo piloso que es, en esencia, una señal clara de feminidad, al rechazo absoluto del pelo y a la fascinación por los genitales de aspecto infantil? La respuesta no es clara, pero al parecer que tiene que ver con el hecho de que,justo cuando las pornstars empezaban a mostar más y más pelos, del otro lado de la arena las mujeres conseguían más y mejores trabajos, incursionaban en la política y los negocios, y se convertían en boxeadoras y abogadas que exigían igualdad —o equidad, como le decimos ahora—. Entonces, una mujer desprovista de aquellos signos corporales que la equiparan con el hombre, como el vello sexual, es menos amenazante; de ahí la erotización de las jovencitas y sus cuerpos puros, femeninos, virginales, depilados y sometidos, y el desdén por los cuerpos con vello en el sexo y las axilas… y que huelan a lo que huelen las mujeres adultas fértiles.
Pero, como siempre digo, eso ya es otro cantar…
@fcomasse



