Una revolución burguesa
18
Septiembre 2017
Una
revolución burguesa
Campanario/Martín
Sánchez Treviño
Las fiestas de la revolución
mexicana se ha convertido en un recuerdo efímero y de trámite de que fue en
realidad la lucha revolucionaria. Ninguno de los festejos se asemejan a los
motivos de la lucha revolucionaria. Los gobiernos han sido incapaces de hacer
una re lectura y por los mismo de una actualización de lo que fue la
revolución.
En esta misma década, hubo actos de
provocación en las instalaciones de distintas guarniciones militares, como fue
la octava zona en su momento, al igual que otros instancia militares. La
corporaciones como la Policía Federal, División
Caminos, levanto “un fuerte” de concreto y varillas del más grueso
calibre.
La policía municipal apenas hace
unos meses retiro de las calles aledañas al 2 Zaragoza los tanques de concreto.
En la casa de gobierno se instaló una lámina de un cuarto de pulgada, para
prevenir de un eventual ataque.
Dos de los ventanales del palacio de
gobierno están blindados, los dos vetanales se blindaron en los últimos 18 años
de los gobiernos priístas. El primero en asegurarse fue Tomás Yarrington y el
segundo fue Eugenio Hernández. Asimismo Egidio Torre Cantú extendió la placa de
acero de la casa de gobierno hasta su domicilio particular en el
fraccionamiento Los Naranjos.
La barda de la secretaria de
seguridad pública es una muestra de que los fuertes están de moda a casi cien
años de la gesta revolucionaria, Lo mismo que el blindaje de la procuraduría
estatal. En general los entes públicos son los sitios más seguros. No obstante,
dentro de esa misma dependencia reventó el primer coche bomba, en esta capital.
Esa es gesta revolucionaria mediocre
del México contemporáneo, del Tamaulipas en el que los ministros de justicia, seguridad,
política, educación, salud y desarrollo social por mencionar algunos, se
desplazan en vehículos blindados a excesos de velocidad, violentando y
quebrantando los ordenamientos viales, mientras que los ciudadanos son acosados
por los agentes de vialidad, sobre todo los transportistas foráneos.
El presidente de la república, lo
mismo que los gobernadores y los presidentes municipales celebraron la lucha
revolucionaria con cocteles, cenas y parrandas. Mientras que a los gobernados,
apenas les alcanzó para compra un hot dog o “perro caliente”, un trole elote o
unos tacos mantecosos.
Esos son los contrastes de la vida
de los mexicanos, esos son los desequilibrios de las celebraciones por la lucha
de los héroes. Nadie sabe si su sangre dará frutos o si otros son los que
sacaran raja, de los ideales de un país, una nación y una república.
Hoy por hoy, los gobernantes
gritones de la noche del 15 de septiembre, están endeudados no con los
coheteros, ni los iluministas de sus escenarios, muchos menos con los cocineros
de la noche revolucionaria. Sino más bien, con los ideales de libertad, de
justicia y prosperidad. Que fueron entre otros los motivos de los
revolucionarios.



