Son las consecuencias de un gobierno débil
1 Junio 2015
El gobierno de Peña se siente débil y por eso recula. Trata de ganar tiempo. El objetivo es llegar a las elecciones del próximo domingo, ver qué tan bien o mal les va, para de ahí tomar la decisión de qué hacer en el resto del sexenio. Mientras tanto, débil, cede frente a las presiones de los grupos afectados por la Reforma Educativa: ha suspendido, hasta nuevo aviso, la evaluación a los docentes de nuevo ingreso y promoción.
No deberíamos sorprendernos. Este gobierno quedó muy debilitado a raíz de los escándalos de “presuntos conflictos de interés” (eufemismo para evitar decir “probables casos de corrupción”) de las múltiples casas del Presidente y su gente más cercana: la que Higa le financió a la Primera Dama, la que Higa le prestó a Peña durante su campaña presidencial, la que Higa le financió al secretario de Hacienda, la que San Román le vendió aPeña cuando era gobernador del Estado de México, las dos que SosaVelasco le rentó al secretario de Gobernación y la mansión que se está construyendo Luis Miranda en las Lomas.
En un régimen parlamentario, un gobierno con este arsenal de escándalos ya hubiera caído. No así en un régimen presidencial como el nuestro donde no existe esta posibilidad. Tenemos que aguantar a un gobierno débil por cuatro años más. Y he ahí el problema: ¿puede un gobierno débil implementar reformas estructurales de gran calado que afectan intereses tan poderosos?
A Peña hay que reconocerle que durante sus dos primeros años logró la aprobación de éstas. Fue un proceso complicado que implicó una delicada operación política. Pero luego comenzó el todavía más complicado proceso de implementarlas. Como bien ha dicho Carlos Elizondo: “gobernar no es sólo legislar”. Gobernar implica aplicar las nuevas leyes, lo cual requiere un gobierno con la autonomía y capacidad suficientes.
Este gobierno no parece tenerlas. Quedó muy afectado por los escándalos de las casas. A eso hay que sumar su pasmo y falta de improvisación eficaz en el caso de Iguala. Súmese la debilidad económica que ha caracterizado a esta administración y lo que tenemos es un gobierno repudiado por la opinión pública. De acuerdo al promedio de mayo en las encuestas telefónicas de BGC-Ulises Beltrán, el 71% de los mexicanos está en desacuerdo con la manera de gobernar de Peña. Sólo el 23% está de acuerdo.
Peña ya es el Presidente más impopular desde que se comenzaron a hacer encuestas serias en México durante el sexenio de Salinas. El gobierno se sabe débil y actúa en consecuencia. No tiene las fichas suficientes para enfrentarse a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Tampoco quiere alienar al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) a los cuales va a necesitar más que nunca en las próximas elecciones. El apoyo de los maestros del SNTE podría ser fundamental para tener mayoría en la próxima Cámara de Diputados. De ahí que la suspensión de la evaluación docente —pilar de la Reforma Educativa— se haya ordenado en todo el país y no solamente en los estados donde la CNTE tiene fuerte presencia (Oaxaca, Guerrero y Michoacán).
El gobierno de Peña está comprando tiempo de aquí a las elecciones. Debilitado, quiere ver el resultado para ver si puede fortalecerse rumbo a la segunda parte del sexenio. Esto será fundamental para el proceso de implementación de las reformas.
Si la alianza PRI-PVEM-PANAL logra mayoría en la Cámara de Diputados, y se lleva un buen número de las gubernaturas en juego, el Presidente recibirá una bocanada de oxígeno que le abrirá la posibilidad de más o menos implementar las reformas estructurales (siempre y cuando fortalezca, también, su gabinete). Pero si a esta alianza le va mal el próximo domingo, se ve difícil que Peña pueda salir del atolladero en lo que resta del sexenio.
Es lo malo de los regímenes presidenciales: no tienen la flexibilidad para cambiar gobiernos que, por una razón u otra, quedan debilitados sin capacidad de implementar eficazmente las políticas públicas. En este caso, la razón de la debilidad gubernamental ha sido auto-infligida. Entre la fortuna y el legado, Peña y su equipo escogieron la fortuna. Cuando terminen su gobierno a lo mejor se irán a vivir a mansiones muy lujosas. Pero a un costo enorme para el país: el haber puesto en riesgo una estupenda agenda reformista. Qué lástima. Y qué patético ver, por lo pronto, cómo se salen con la suya los grupos de interés que se oponen a las buenas reformas.
Twitter: @leozuckermann



