Sexting, ligues virtuales y los nuevos modelos de relación
24 Abril 2015
Hubo un tiempo feliz en que Puk, el peludo troglodita, se sentía atraído por la hermosa Uka cada vez que la veía acercarse al riachuelo a tomar agua; entonces, esperaba el momento oportuno para encontrarla sola y descuidada, ¡pum! la ponía a dormir con un garrotazo en la cabeza, y listo: era momento para llevarla arrastrando del pelo a su cueva, conocerla en el sentido bíblico de la palabra y a los pocos meses andar con un cachorro humano —y luego varios— cubierto con pieles, él cazando y ella recolectando. Y eran felices hasta que la pisada de un mamut furioso los separaba, ¡pobre de Uka!
Entre ese modelo simple y natural —muy semejante al de los demás mamíferos— de los principios de la humanidad que las películas y la literatura imaginan, y los que surgen en esta sofisticadísima organización cultural que llamamoscivilización, hay mucho trecho. Hoy en día, el modelo tradicional que preconizaron las porciones conservadoras de la sociedad a lo largo del siglo XX —que consiste en un matrimonio registrado y protegido por las leyes de Dios y de los hombres, que muchas veces tiene que ser aprobado por la familia de los contrayentes, que engrendra varios hijos y que los mantiene viviendo juntos bajo el mismo techo “hasta que la muerte los separe”—, aunque sigue vigente como la opción más socorrida por quienes desean algún tipo de formalización de su unión como pareja, está siendo sustituido por modelos novedosos, algunos de los cuales me gustaría analizar en este espacio.
Antes de eso, deseo aclarar que el matrimonio y el noviazgo “formales” —ya sabe usted: cuando el o la susodicha es presentado con la familia y todo el protocolo— son, y han sido siempre, un convenio social, un modo concertado en que esa masa difusa de personas que llamamos “sociedad” establece que deben ser las cosas. Fuera de ese esquema, don Rutilio sigue encandilando a Leonila con miradas y coqueteos, la cita en el monte, y ahí entre las nopaleras ella nomás se sube las enaguas para permitirle hacer lo suyo, y al rato habrá un Rutilito que verá a su padre en las pocas escapadas que éste pueda darse de “la casa grande”. Así ha sido y seguirá siendo siempre, mientras haya Homo sapiens fértiles, con instintos sexuales activos y que deseen rehuir de su sentimiento de soledad. O sea que va para largo…
Hoy en día, este modelo a menudo es adoptado como un periodo “de prueba” —uno o dos años, quizás— antes de, ahora sí, firmar un papel y mandar llamar a la cigüeña.
Una de los primeros modelos que, pasada la mitad del siglo XX, buscaban formas alternativas de fijar y establecer relaciones de pareja fuera de la aprobación de las leyes seculares y religiosas, fue la unión libre. Consiste en dos personas —hombre y mujer, a menudo pero no necesariamente— que deciden mediante un mutuo acuerdo el vivir juntos, compartir gastos y responsabilidades domésticas, e incluso pueden procrear hijos… pero no firman un acuerdo legal ni mucho menos religioso, y basan su unión en la convicción que ambos tienen de seguir juntos. Hoy en día, este modelo a menudo es adoptado como un periodo “de prueba” —uno o dos años, quizás— antes de, ahora sí, firmar un papel y mandar llamar a la cigüeña.
Así pues, ambos se quedan viviendo en sus respectivas casas y, como se dice coloquialmente, “juegan a las visitas”
Quienes viven en unión libre obedecen a un instinto primario: estar cerca del objeto del amor. Pero también hay gente que decide que, sí, ama a la otra persona, la desea, se la pasa muy bien cuando está con ella, tiene un compromiso existencial y espiritual con él o ella… pero simplemente no puede o no desea compartir la misma habitación por el resto de la vida. Así pues, ambos se quedan viviendo en sus respectivas casas y, como se dice coloquialmente, “juegan a las visitas”: ella se queda unos días en su casa, y luego él le devuelva la visita, y cuando ambos así lo acuerdan —o uno de los dos lo necesita— “se dan su espacio” para que cada uno desarrolle sus proyectos personales individualmente. Los vecinos del norte, muy propios, llaman a este esquema LAT o Living Apart Together, que podría traducirse como “juntos pero aparte”.
¡Pero andamos muy solemnes! Antes de llegar a esa conjunción de almas, hay que pasar por un periodo de conocimiento, de selección, de cortejo, de escarceos y de unos primeros apareamientos, antes de tomar la decisión de la monogamia, del compromiso y de la sillita del bebé para la camioneta. Y una de las circunstancias que más ha influido en la transformación de las relaciones —y no sólo de pareja— en lo que va del siglo XXI ha sido, usted lo sabe muy bien, la tecnología.
Gracias a la revolución de internet, de los teléfonos inteligentes que permiten estar conectados a ella las 24 horas del día y casi en cualquier parte —porque no siempre hay señal—, y de las redes sociales que permiten establecer vínculos amistosos con gente que no conocemos ni nos conoce, pero que es conocida de nuestros conocidos —o conocida de los conocidos de nuestros amigos— o que, simplemente, nos topamos por ahí y nos pareció interesante, los mecanismos para establecer relaciones de tipo sexual y amoroso están sufriendo cambios constantes e interesantes.
En el Facebook, hay una cantidad inmensa de “ligues” que siguen el siguiente camino: solicitud de amistad, aceptar la amistad, stalkeo —que consiste en entrar al perfil de la otra persona para saber sus intereses y, sobre todo, mirar sus fotos—, una tanda de Likes, una tanda de comentarios, una primera plática por Inbox —o sea, mensajes directos—, reforzamiento, invitación vía Inbox a un encuentro, conocerse en persona —que, en realidad, debería ser “reconocerse” porque a esas alturas ya llevan un rato conociéndose y pueden hablar con cierta confianza de temas que saben que comparten—, besos, toques y sexo.
Y de ahí, puede suceder que haya sido simplemente un free —es decir, una relación sexual pasajera, del calor del momento, sin compromiso alguno de por medio—, que se establezca unarelación abierta —en la que ambos acuerdan darse libertad de salir y establecer relaciones con otras personas; normalmente uno de los dos la propone, la otra persona la acepta y, al cabo del tiempo, alguien sale lastimado—; o que se invoque elpoliamor, en el que ambas partes reconocen que la monogamia es antinatural y se permiten lo que en otros contextos se llama “infidelidad”; o, simplemente, que estén saliendo: hay un vago compromiso de seguir viéndose, las amistades los ubican juntos, hay besos y sexo, pero no hay noviazgo. O ninguna de las tres, y ese estado de limbo se rompe cuando uno de los dos formula la pregunta: “Oye, ¿tú y yo qué somos?”
En las rutas del Twitter también hay ligues, y la ruta que lleva del total anonimato a la intimidad es muy similiar a la anterior: pasar del Follow al Follow back, de ahí unos primerosFavs y uno que otro Retweet —cosa de que el otro, en especial si es un tuitstar o aspirante a esa figura repugnante, empiece a prestar atención a ese avatar que aparece constantemente en las notificaciones—, de ahí a los comentarios y las conversaciones abiertas, de ahí a una conversación más nutrida por DM —Direct Message—, de ahí a otras más, y de ahí a conocerse en persona. Y el resto permanece sin cambios.
Y supongamos que, como usted es un o una Homo sapiens con instintos sexuales activos y que rehuye a su soledad
Pero supongamos que el objeto de su amor vive en otra ciudad o, incluso, en otro país. O incluso, que sea un hombre o una mujer con compromisos, y sólo puede verlo muy de vez en cuando. Y supongamos que, como usted es un o una Homo sapienscon instintos sexuales activos y que rehuye a su soledad —como todos—, desea sacar jugo a esa relación de una manera similar o equivalente a lo que sucedería si el señor o la señorita estuviera de carne y hueso disponible a diario o, al menos, varias veces a la semana. Y da la casualidad de que ambos tienen unsmartphone y acceso dedicado a Internet. Y también de que, a eso de la medianoche, o muy de madrugada, cuando el roce de las sábanas se convierte en un estímulo sensorial que remite a la conscupiscencia, usted está platicando con su amorcito virtual.
nos lleva al sexting: palabra que deriva de sex, ‘sexo’ y texting, ‘enviar mensajes de texto’; enviar textos y fotografías de contenido erótico para azuzar la mente
Y entonces, todo puede empezar con un inocente “¿Qué traes puesto?” —aunque eso remite más a los caducos tiempos del chat— y una foto enviada vía WhatsApp del vestido nuevo que la linda señorita piensa usar en la graduación del sábado. Y de ahí, la soledad, la libido sublimada por la distancia y la ausencia, y la estimulación de la corteza cerebral que los humanos hemos aprendido a obtener de las imágenes que se despliegan en pantallas, nos lleva al sexting: palabra que deriva de sex, ‘sexo’ y texting, ‘enviar mensajes de texto’; enviar textos y fotografías de contenido erótico para azuzar la mente, despertar la carne y hacer delirar al espíritu con fantasías sexuales compartidas, en las que el objeto del deseo está del otro lado de la fibra óptica.
Al final, los seres humanos buscamos parejas para tener establecer complicidades profundas, tener relaciones sexuales, reproducirnos y huir de nuestra soledad. Y los ejes que rigen la multiplicidad de encuentros entre seres humanos son la atracción mutua, el consenso mutuo y la oportunidad. Y con las oportunidades que los dispositivos electrónicos están generando a diario, no es de extrañar que los procesos de cortejo, selección y apareamiento estén evolucionando a la par de las demás prácticas sociales. Sólo hay que evitar, me parece, el fantasear demasiado y tener expectativas demasiado altas… y que se nos acabe el crédito o el plan de datos a media sesión de sexting.
Porque, incluso en el mundo virtual, nada duele más que quedarse a medias.



