Ser feliz hace un cerebro menos reflexivo
7 Julio 2015
Las emociones pueden cambiar nuestra percepción de la realidad social. Por ejemplo, estar contentos nos puede llevar a aceptar aspectos que otro estado de ánimo no permitiría, en especial, tolerar las mentiras.
Tener conductas cercanas a la felicidad contagia socialmente, disminuyen el estrés y la ansiedad.
En forma directamente proporcional a un mayor estado de felicidad solemos aceptar lo más inverosímil o incluso podemos ser parte de procesos que después pueden generarnos molestia o arrepentimiento. Tener conductas cercanas a la felicidad contagia socialmente, disminuyen el estrés y la ansiedad. Ser feliz nos acerca a un mejor estado de salud mental y física, pero tiene algunos efectos que no hay que perder de vista.
LA REGIÓN INTELIGENTE DEL CEREBRO: LA CORTEZA PREFRONTAL
El cerebro lógico, congruente y objetivo está ubicado en la corteza prefrontal, la región que se encuentra en nuestra frente, por arriba de los ojos; es el sitio de los frenos e inteligencia de nuestra cotidianidad. Esta corteza prefrontal es la que nos ubica, otorga a nuestra vida la lógica, ya que ajusta con el tiempo plenamente lo real y ayuda a la toma inteligente de nuestras decisiones.
La corteza prefrontal termina de madurar en las mujeres a los 21 años, en lo varones a los 26 años; esto explica en parte porque las mujeres llegan a la madurez intelectual a edades más tempranas en comparación con los hombres. Este factor de madurez depende mucho de las hormonas femeninas, en especial el 17b-estradiol, cuyo efecto en el cerebro permite una mayor y mejor conexión entre neuronas.
Cuando estamos felices, contentos o tenemos un estado de plenitud emocional que nos hace reír, nuestras neuronas generan un estado neuroquímico que puede llegar a ser nocivo a corto plazo: entre más felices somos, nos hacemos tolerantes conductuales, creemos las mentiras que nos dicen, solemos discutir menos y disminuye nuestro juicio analítico.
LA DOPAMINA INHIBE A LA CORTEZA PREFRONTAL Y EXCITA AL SISTEMA LÍMBICO
Los niveles de un neurotransmisor llamado dopamina son los responsables de generar una actividad que el cerebro interpreta como felicidad. Ante un estímulo positivo externo que detone una sonrisa, las neuronas liberan dopamina y éstas cambian la forma de actividad de comunicación neuronal en patrones de frecuencia eléctrica que el cerebro interpreta con conductas positivas: felicidad, ánimo y sentimientos llenos de júbilo.
La dopamina inhibe a la corteza prefrontal: el cerebro se queda sin frenos, se hace ilógico, impulsivo, cometemos errores o tomamos decisiones intempestivas.
La felicidad tiene un inicio neuroquímico que permite una modificación fisiológica en varias regiones cerebrales. La dopamina genera inhibición en algunas estructuras neuronales y al mismo tiempo sobreactiva otros sitios del cerebro. Es decir, este neurotransmisor tiene una actividad dual: activa regiones del sistema límbico como los ganglios basales, la amígdala cerebral y el hipocampo, dando como resultado una emoción sublime asociada a atención, procesamiento de sensaciones que se quieren repetir, que nos hacen ser irreflexivos, al grado de no cumplir lo deseado, y nos pueden llevar a la ira o la violencia. En paralelo, la dopamina inhibe a la corteza prefrontal: el cerebro se queda sin frenos, se hace ilógico, impulsivo, cometemos errores o tomamos decisiones intempestivas.
FELICIDAD Y EMOCIONES POSITIVAS EN LA VIDA
El proceso de la felicidad del cerebro rápidamente se desensibiliza. En otras palabras, la felicidad es corta, transitoria, pierde su efecto en minutos, el cerebro por su anatomía y neuroquímica no está capacitado para tener felicidades largas o permanentes. Lo que inicialmente nos hizo felices, debe repetirse con mayor intensidad para lograr nuevamente la sensación, de lo contrario perdemos interés en ello. Por ejemplo, un buen chiste, la primera vez nos genera una carcajada, pero paulatinamente, seguir repitiéndolo o conocer su final, disminuye nuestra respuesta, de esa manera, queremos escuchar más bromas o chistes buscando sentirnos bien, como al inicio. Nos acordamos de las cosas bellas de la vida, las queremos volver a repetir, a veces sin darnos cuenta de que ya hemos cambiado.
Pero este efecto puede llevarnos a diferentes experiencias y debemos prepararnos para ello. Un ejemplo de este proceso a largo plazo es el enamoramiento.
En su inicio, el enamoramiento es una proyección de nuestros más íntimos deseos en el otro(a), el enamorado comete procesos irreflexivos y pensamientos ilógicos, acepta y permite conductas, mentiras que comúnmente no toleraría, sin embargo, gradualmente esto va disminuyendo, este proceso en promedio dura tres años.
Después de la fase pasional e intensa, la expresión inteligente de la corteza prefrontal se manifiesta paulatinamente: vemos con claridad lo que hemos hecho y poco a poco aceptamos nuestra realidad. En conclusión, la primera parte del enamoramiento depende en mucho de la liberación de dopamina por parte de nuestro cerebro.
En la vida cotidiana podemos caer en trampas que nuestro estado de ánimo, la dopamina y la corteza prefrontal nos ponen. ¿Cuántas veces hemos comprado algo que no necesitamos? ¿Cuántas veces hemos detectado mentiras que preferimos no discutir?
En el neuromarketing se sabe que cuando un vendedor hace agradable lo que vende, gana sonrisas, induce una buena relación con bromas o amplifica las características del comprador, el resultado es una venta exitosa. En contraparte, cuando el comprador o cliente, se encuentra molesto o triste, se hace más analítico del producto, razona más el mensaje y la información ¡Es más difícil que compre algo nuevo!
Entre más felices decimos que somos, nuestro cerebro detecta menos las mentiras. Un pequeño engaño puede ser tolerado, cuando el estado de ánimo se acompaña de emociones positivas.
El proceso es el mismo, nuestra felicidad disminuye el juicio que, en contraste, molestos nos arrebataría un terrible enojo al descubrir una trampa. Socialmente los cerebros suelen mentir a favor de ganancias inmediatas. Aceptar engaños, nos puede posicionar en un mejor lugar, favorecer un ingreso o ser aceptado en un grupo. Sin embargo, esto puede generar molestias psicológicas en uno mismo, detonar una auto-reflexión negativa, porque la corteza prefrontal inicia el proceso de arrepentimiento. Sin embargo, en el momento en que nos sentimos felices o interpretamos con agrado los resultados de aceptar la mentira, esto disminuye el estado de autoenfado y solemos tolerar. De esta manera, también el perdonar se hace más fácil cuando nuestro estado de ánimo se acompaña de sonrisas.
La filosofía griega indica que un objetivo esencial del hombre en este mundo es ser feliz. En este contexto, las neurociencias proponen que ser feliz en la vida cotidiana es un proceso maravilloso cerebral, transitorio, que condiciona una disminución de nuestra inteligencia, para mejorar el papel social del hombre y que paradójicamente ayuda a capacitarlo.
Neurosalud con Eduardo Calixto en www.salud180.com
@ecalixto
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