Segundo tercio

2 Diciembre 2014

Hoy, justamente 2 de diciembre, arranca el segundo tercio del gobierno de Enrique Peña Nieto. Y hablando de tercios, no puedo evitar pensar en los tercios de una corrida. Sí, las de las plazas de toros. Y en el entendido de que ésta es una práctica que no es bien vista por un sector de la población, la utilizaré, a manera de metáfora en esta ocasión para dibujar un sexenio que ayer cumplió dos años. Y es que, querido lector, un sexenio —o al menos éste— bien podría parecer una corrida de toros:

El primer tercio, ése en el que el torero se luce, que hace del capote su arma para “calar” al toro, para prender a la gente en los tendidos y para ir calentando la arena. Las suertes siempre se parecen (verónicas, chicuelinas, manoletinas, etc.) pero cada torero le imprime su toque personal. Así fue el arranque del sexenio. Pero Peña Nieto no entró solo a la plaza, invitó a otros dos al famoso “quite” (cuando los toreros que alternan la tarde pueden entrar a lucirse un poco con el toro que no es el propio). Entraron pues, con sus trajes de luces, azul y blanco, amarillo y negro, a un “quite” denominado “Pacto por México”. PAN y PRD en el ruedo, junto al PRI del Presidente, con un acuerdo que permitió la aprobación de las reformas que se prometieron en campaña y que catapultaron a nuestro país a una visión distinta a la que se tenía apenas un año antes. En menos de dos años, México cambiaba su narrativa, con tres toreros que brindaban un primer tercio que prometía una corrida inolvidable. México ya no sólo como un territorio de conflicto, sino uno que regresaba a un ambicioso proyecto (pendiente) de modernización para el crecimiento que se relanzaba como tierra fértil para la inversión. Aplausos y muchos ¡olés!, en la escena internacional.

Pero en la tradición taurina, los clarines suenan para que dé comienzo el segundo tercio (que detestan quienes abominan las corridas): es el del castigo. El de la sangre. El del toro al que se castiga. El segundo tercio es en el que se utilizan tres pares de banderillas y que salen a caballo un par de picadores. Y aquí, si me lo permite, pensemos que éste, el segundo tercio, se le adelantó inesperadamente a este sexenio. Comenzó, acaso, con el primer par de banderillas, limpio, tanto que se llevó las palmas de la afición; impecable: el problema del IPN, que ha sido el menos complicado de atender (por decirlo de alguna forma). La aparición deMiguel Ángel Osorio a las afueras de su oficina en aquella emblemática manifestación en la que tuvo diálogo directo con los estudiantes le auguró un tacto mucho más sutil que el de sus peores males. Pero sin duda, el IPN fue apenas el inicio del segundo tercio.

Por supuesto que Tlatlaya y Ayotzinapa aparecen aquí, más que como banderillas, como puyas clavadas en el lomo cuando menos se lo esperaba. Todo lo que se ha originado a partir de estos dos temas, sobre todo el caso de los 43 normalistas desaparecidos. El torero se quedó mirando, no intervino a tiempo para que el toro no resultara tan lastimado. Iguala y sus policías involucrados, su alcalde narco-asesino, su gobernador cuadrilla omiso. Y al toro lo seguían picando. Hasta que la afición (villamelona y no) gritaba que pararan a los picadores, el torero reaccionó porque si el animal le quedaba demasiado herido, las posibilidades de hacer faena en el último tercio podían reducirse a cero. En este segundo tercio adelantado, Ayotzinapa se colocó como la puya más dolorosa e inadmisible para una sociedad que ha madurado democráticamente, que aprende su papel y las formas para expresarse (a pesar de aquéllos que todavía existen, que buscan el conflicto y la violencia como provocación). Pero ahí no paró el castigo: duro par de banderillas los asuntos de la Casa Blanca y la cancelación de la licitación del tren rápido se convirtieron también en profunda herida de un segundo tercio que oficialmente apenas empezaba ayer. Todos estos temas estarán provocando que también tarde el plan de acción que ayude al torero a dejar atrás esta racha lo más pronto posible. Inevitablemente será un adelantado inicio del tercer tercio el que viviremos. ¿Cuándo? Difícil saberlo. Pero por lo pronto, la aprobación que ayer recibió el decálogo presentado el jueves por Peña Nieto, y que vino directamente del Departamento de Estado de EU, es un respiro para el toro y para el torero. Respiro que contrasta con la marcha multitudinaria realizada ayer en el DF, principalmente, en la cual los mexicanos exigen pacíficamente el (improbable, casi imposible) regreso con vida de los normalistas. Al torero le piden, además, que abandone la plaza (cuando su error fue quedarse mirando cómo puyaban al toro y no ordenar la inmediata salida de los picadores). Y para colmo, su cuadrilla no le ha ayudado mucho a impedir que la puya se extienda. Por ahora, los otros dos toreros, aplaudidos en el primer tercio, se relamen los bigotes pensando en el propio toro que brindarán al público en las elecciones del año que viene.

Todo obliga a que el tercer tercio también se adelante y con la muleta el torero intente conseguir los primeros pases (resultados) que reencaucen su faena. Por lo pronto presenta las tres nuevas iniciativas que serán, apenas, la promesa legislativa para atender esta emergencia. No sabemos si los otros matadores de la tarde saldrán o no nuevamente al quite, o si preferirán tomarse su tiempo y observar desde la barandilla si el torero logra o no sacarle unas buenas series a este lastimado toro. Solo o acompañado, el gobierno debe realizar un trabajo impecable. No puede darse el lujo de un error de ejecución. El momento es clarísimo: el toreador debe cuidar al toro, esperar a que retome un poco de aliento para que no quede sin brío ninguno…

Dicen que la mejor faena es aquélla en la que el torero corta el rabo y las orejas. No estoy de acuerdo: la mejor será siempre en la que el torero sabe crecerse cuando le toca un toro tan bueno que se hace digno de un indulto.