Reformas y corrupción en México

18 Noviembre 2014

Hace unos meses, antes de la crisis de Tlatlaya, la primera en una larga cadena de eventos desfavorables para el gobierno de Peña, argumentaba que estaba optimista por el futuro del país, pero tenía algunas preocupaciones que me llevaban a ser, también, escéptico. Una de esas inquietudes era la posible corrupción que deslegitimara las reformas que tanto me gustaban. Yo era de los que desde hace muchísimo tiempo ansiaban un gobierno con una agenda modernizadora capaz de aprobarla en el Congreso. Pues bien, Peña Nieto, contra todo pronóstico, lo logró. En su momento, lo reconocí y celebré. Hoy, sin embargo, ese proyecto peligra precisamente por la preocupación que tenía.

Como miembro de una generación que vivió su juventud marcada por las crisis de los ochenta y noventa, nunca me olvidaré de la tragedia del sexenio de Carlos Salinas. A muchos nos animó un joven Presidente que prometió llevar a México al Primer Mundo con una atractiva agenda modernizadora. Sin embargo, Salinas acabó en el basurero de la historia por los casos de corrupción que explotaron cuando dejó Los Pinos. Fue devastador para los que estábamos a favor de las reformas. La apertura comercial, privatizaciones, desregulaciones, en fin, todas las reformas orientadas al mercado quedaron deslegitimadas por la codicia de la familia presidencial.

Sería una lástima que Peña terminara igual: como un Presidente que intentó reformar a México, pero que acabó mal por la percepción de corrupción gubernamental. Por eso resulta crítico el momento actual. Peña y su equipo tienen que salir a dar respuestas contundentes, creíbles, apabullantes, de dos casos que parecen estar vinculados: la suspensión de la licitación del tren rápido México-Querétaro y la mansión que tiene la primera dama, Angélica Rivera, en las Lomas, a nombre de un constructor del Estado de México, contratista del gobierno mexiquense cuando Peña era gobernador, y miembro del consorcio ganador del proyecto del ferrocarril cancelado.

Si no hay respuestas claras, si no se habla de frente, si se evitan las explicaciones por más duras que sean, si se apuesta al silencio mediático, el gobierno peñista se arriesgaría a terminar igual que el salinista. El caso de laCasa Blanca y la extraña cancelación de la licitación ferroviaria los perseguiría el resto de sus días. Comenzando por los cuatro largos años que le quedan en el gobierno. Tendrían que cargar con el pesado fardo de la sospecha de corrupción, una sombra que pondría en peligro la implementación de la agenda reformista tan anhelada por muchos.

Qué frustrante sería para los que creemos en las reformas que el proyecto modernizador de Peña se descarrilara por culpa de una lujosa casa en Las Lomas. Qué terrible sería para el país que otro gobierno reformista terminara mal por casos no esclarecidos de enriquecimiento inexplicable. Eso es precisamente lo que buscan los enemigos de las reformas: que todo esto termine mal: que los cambios se deslegitimen por sólo haber beneficiado a los funcionarios gubernamentales y sus amigos empresarios.

La pelota está en la cancha del gobierno quien esta semana tendrá que dar explicaciones convincentes. Si no las tienen, deberá tomar medidas contundentes para recuperar la credibilidad de la sociedad y salvar el proyecto reformista. De lo contrario, el Presidente habrá demostrado no haber aprendido nada del pasado. Porque como diría Karl Marx, “la historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”. Eso es lo que está en juego estos días: si el gobierno de Peña Nieto queda como tal.

                Twitter: @leozuckermann