El PRI, el Peje y la sociología del futbol

4 Marzo 2015

Recuerdo aquel partido que siguió a la Selección Nacional de Holanda después de aquel otro jugado contra la nuestra —el del ahora ya muy famoso, clásico y aún lamentado #Noerapenal que tiró Arjen Robben—. Todos absolutamente, vimos el partido de la siguiente ronda y apoyamos a la selección de Costa Rica como si fuera la propia. Ardor puro, sed de desquite, reivindicación urgente, así fuera con sombrero ajeno. La aversión y la desconfianza que el jugador holandés generó entre todos los aficionados tricolores logró que, así fuera sólo desde el pensamiento mágico del mexicano, Costa Rica tuviera en sus manos nuestras plegarias, oraciones y todo nuestro mexicano peso a sus espaldas (los ticos tal vez ni se enteraban que el país al norte del suyo —o sea el nuestro— vivió todos los agonizantes minutos del partido como la única posibilidad de restauración para nuestro desvencijado honor). Y el clavadista Robben se había convertido en la encarnación de la más maligna de las villanías, era a quien nuestros vecinos del sur debían abatir. Nuestro grito de guerra, en el partido Holanda-Costa Rica, era un grito estruendoso contra Robben, punto.

Pienso también en los 18 equipos de la LigaMX y en sus pobres, medianas, nutridas o nutridísimas aficiones, porras y hasta hinchas, todas ellas, fieles hasta la muerte, en las buenas y en las malas; la camiseta es como la trenza del ADN: imposible de cambiar ya que la tienes. Ayer preguntaba en Twitter a los aficionados si sentían particular compromiso de ir al estadio y apoyar a su equipo cuando éste atravesaba una “mala racha”: sin dudarlo, los aficionados de corazón contestaban que por supuesto. Uno de ellos lo sintetizó maravillosamente: “Al equipo se le entrega más el corazón cuando va perdiendo, porque es cuando más nos necesita”.

Una probadita de sicosociología del futbol para entender algunos comportamientos y tendencias electorales. Viendo las últimas encuestas electorales, uno no puede evitar preguntarse ¿cómo, a pesar de los escándalos, de las movilizaciones sociales, de la estridencia en las redes sociales, del todavía no muy tangible crecimiento económico, de la lastimada popularidad presidencial, y otras variables que les jugarían en contra, los priistas tienen asegurada una mayoría legislativa tras las elecciones de junio? Y con el voto del PVEM, posiblemente, una mayoría absoluta.

En la encuesta de Mitofsky dada a conocer apenas ayer, si hoy fueran las elecciones, el PRI tendría 31% de intención efectiva de voto; el PAN, 25%; el PRD. 16%; el PVEM, 8%; Morena, 9%, y todos los demás, 3% o menos.

Históricamente, y en coyunturas menos complejas, el PRI perdía siempre su mayoría en las elecciones intermedias. Y hoy, en medio de un ambiente político que jugaría razonablemente en su contra, ¿cómo explicar que esté a punto de conservarla, por primera vez en su historia, como partido en el gobierno? Pues una primera explicación es la del “voto emocional” más que el “voto racional”, la del “voto de soporte” más que el “voto de castigo” como jugador protagonista a mitad de un ambiente políticamente polarizado y enrarecido. “Al equipo (partido político) se le entrega más el corazón cuando va perdiendo, porque es cuando más nos necesita”, por citar nuevamente la emoción determinada del aficionado al futbol.

Pero con López Obrador pasa lo mismo: tanto el “voto duro” proAMLO como el voto “antiPeje” están ahí y son tan inelásticos como el voto tricolor. Como en el caso de Arjen Robben, para quienes piensan (o pensamos) que el Peje sí es un “peligro para México”, es una aversión casi imposible de modificar. Felipe Calderón y el propio Peña Nieto ganaron sus respectivas elecciones presidenciales gracias, sí, a sus votos emocionalmente anclados en el PAN y el PRI, pero también en gran medida gracias al “voto antiPeje”. Ahora bien, habrá que ver si al voto “antiPRI” (que también tiene a sus hinchas, le da para revertir estas tendencias de aquí a la elección.

Habrá que esperar también qué tantas sorpresas (o escándalos) se tienen preparados los unos a los otros en esta temporada de campañas, pero como no son elecciones presidenciales (es decir no es un “clásico” Chivas-América), difícilmente saldrán a votar quienes no son aficionados de corazón a los distintos partidos políticos. El voto blando, el voto dividido, el voto de bolsillo, el voto estratégico y todas las demás categorías van a las urnas en las presidenciales. En las intermedias no van al estadio; en todo caso, se quedan a ver el encuentro en la televisión. Interesantes fenómenos sociopolíticos, neuroemocionales, los que veremos el próximo domingo 7 de junio.