Postales dictatoriales
24 Diciembre 2014
Dinero, armas y propaganda. Con eso nacen, crecen, sobreviven y hasta se reproducen las dictaduras. La trilogía en la que fundamentan todo su poder. Y qué otra cosa es una dictadura sino el, equivocado entendimiento, ejercicio y abuso del mismo. Ya la historia nos cuenta las facturas que ha cobrado a quienes se han proclamado todopoderosos —la lista de nombres es interminable. Pero su poder casi nunca lo es (aunque ellos hagan todo para hacerle creer al mundo —particularmente a sus gobernados— que sí lo es; que es eterno, irrevocable, intransferible, incontestable). En el siglo pasado vimos caer a muchos. En éste, el XXI, hemos visto también ya desplomarse a unos cuantos. Muamar Gadafi yHosni Mubarak serán acaso los ejemplos más representativos del ocaso de las últimas dictaduras. Lo que sucedió en Libia y Egipto después de esto ya es otra —y triste— historia. En tiempos de la “revolución vía Twitter”, es todavía más complicada la construcción de acuerdos aposteriori que se traduzca en un mejor régimen de aquel al que tumbaron. Pero insisto: ésa es otra discusión, para otra columna. Lo cierto es que hoy por hoy, son afortunadamente pocas las dictaduras que sobreviven en un planeta en el que la democracia ha terminado por probarse como “la menos peor” de todas las formas de gobierno.
Hoy, paradójicamente, los que quedan son algunos dictadores de facto que fueron elegidos democráticamente de iure. Que una vez que conquistan el poder por la vía de las urnas, ejercen el poder no bajo el mandato de las instituciones democráticas, sino con la trilogía de recursos arriba descrita. Venezuela y Rusia, los mejores ejemplos de cómo un régimen democrático puede convertirse de la noche a la mañana, en un perfecto tinglado para las tentaciones totalitarias de quienes quieren concentrar todo el poder en su persona. En el nombre del “pueblo”, hombres que han construido toda una maquinaria aceitada de corrupción, terror y delirante discurso, para perpetuar (también desde las urnas) algo que podríamos llamar la demosdictatura, que no es la “dictadura del proletariado”, si no la “dictadura del pueblo”, que en realidad, nunca es del pueblo, sino de quien se asume a sí mismo como su único representante: “El pueblo soy yo” (en agria y falaz contraposición al famoso: “El Estado soy yo”).
Con los acuerdos logrados entre Estados Unidos y Cuba, que hasta ahora han sido sólo anuncios, ha sido evidente que a los Castro, tras 50 años de régimen, en estas circunstancias ya no les quedaba de otra. No sólo porque la retórica de la Guerra Fría para esta región del continente era ya insostenible. Razones habrá muchas, y tantas de ellas que aún no sabemos o no hemos terminado de comprender, aquellas que se hablan tras bambalinas, pero que invitan a pensar que el régimen castrista, como lo hemos conocido hasta hoy, tiene sus días contados. Acaso la transición ya haya sido pactada, y si no, lo será más temprano que tarde.
Y cercano el fin, también, para el régimen chavista en Venezuela: un país que acaba de quedarse sólo en su lucha contra el que llama “imperialismo yanqui”. Su petróleo vale cada día menos, su economía no sobrevivirá. ¿Qué sucederá con el gobierno de Nicolás Maduro? No es que pueda presumir que tiene dinero. Las armas que posee le van a dar aire un rato, pero poco. La propaganda ya no le dará para mucho cuando los anaqueles y los bolsillos de sus ciudadanos se miren cada día más áridos y asfixiados. La petrodictatura también ya mira de cerquita su fecha de caducidad.
Y si miramos el caso de Rusia, el escenario no pinta distinto. Como lo escribimos aquí la semana pasada, los pronósticos para el país de Putinson catastróficos: caída hasta de 4.7% de su PIB, su moneda —el rublo— se encuentra por los suelos, los precios de su petróleo —su principal producto de exportación— ha caído hasta a la mitad en el último semestre del 2014. Y si a eso le sumamos sus desencuentros con Estados Unidos y la Unión Europea, y los bloqueos a los que se le ha sometido tras el artero desplante de fuerza que fue la anexión de Crimea, Putin también puede empezar a contar los días que le quedan al frente del poder en Rusia.
Dinero, armas y propaganda; los pilares de estrategas políticos con ínfulas de semidioses. Kim Jong-un, líder (por herencia consanguínea) en Corea del Norte ejemplifica en estos días al más vulgar, común y pedestre de los dictadores. Durante años, su padre tuvo el poder de la amenaza nuclear. Ahora él se dedica a la amenaza ciberterrorista. Sin proponérselo, le ha armado la mejor campaña publicitaria a la película que protagoniza James Franco, The Interview, una comedia fársica en la que aparece su imagen y se hace mofa de ella, pero que para aquel gobernante, limitado como parece ser, resulta casi una declaración de guerra. Por poco y su amenaza surte efecto, pues Sony Entretainment modificó su fecha de estreno, pero alentados por Barack Obama, han corregido su titubeo y han anunciado su llegada definitiva a las salas de cine en Estados Unidos. La reacción de Corea del Norte es el típico pataleo de los dictadores de los que tanta mofa han hecho antes los grandes genios como H.G. Wells, Charles Chaplin, George Orwell,Quentin Tarantino, Mijaíl Bulgákov y hasta Cantinflas. La peor de las derrotas para Occidente, su filosofía, sus instituciones y sus conquistas, sería ceder ante el terror que intentan imprimir las agonizantes tiranías. Y desde siempre la sátira ha sido una de las más poderosas armas contra estos pobres payasos que se asumen intocables y todopoderosos: basta un buen chiste para sacarlos de su hubris o delirio de grandeza y sentarse a ver, poco a poco, su cómico desmoronar...



