¿Por qué mentimos los hombres?
8 Abril 2015
La respuesta en sencilla: por la misma razón que mienten las mujeres. Y junto con nosotros y con ellas, las aves, los depredadores, las flores, los mamíferos y hasta los insectos.Como diría el doctor House: todos mienten.
Antes de que los hombres inventaran sus conceptos del bien y el mal, sus religiones, sus pecados y la carga en la conciencia que éstos deberían provocar en cada uno de nosotros, todo aquello que ha sucedido en la Tierra y que llamamos Naturaleza ha seguido su curso, imperturbable y ajeno a nuestros debates y conceptos morales: desde el lento pero constante cambio en la orografía del planeta hasta los rituales de cortejo y apareamiento entre especies animales, pasando por la sucesión de las estaciones, la polinización llevada a cabo por los insectos, las disputas territoriales entre jaurías y la muerte de cientos de millones de animales que, mientras usted lee estas líneas, fueron devorados por algún otro animal en alguna parte del mundo.
En otras palabras, los humanos y todas las demás especies animales —porque, sí, nosotros también lo somos— hemos vivido en guerra contra el resto de los seres vivientes
La Tierra, con todo lo maravillosa que puede ser como planeta, es un sitio del que no tenemos salida posible y que cuenta con recursos finitos y limitados para la subsistencia de todas las especies vivientes que habitan en él.Por lo tanto, el juego que todos jugamos —y que hemos jugado desde que el primer organismo unicelular empezó a chapotear en las tibias aguas de nuestro planeta— se llama supervivencia. En otras palabras, los humanos y todas las demás especies animales —porque, sí, nosotros también lo somos— hemos vivido en guerra contra el resto de los seres vivientes, e incluso contra nuestros propios congéneres, por aquello que nos es vital para permanecer en este valle de lágrimas: agua, alimentos, tierra, protección contra las inclemencias del clima y una pareja para reproducirnos.
En esa guerra constante, una de las primeras actividades que los seres vivos aprendimos fue a mentir: aprendimos a disimular los ataques, ya sea a través de tácticas de distracción o valiéndonos de la oscuridad del entorno; aprendimos a atraer a otros seres vivos con colores llamativos —como hacen las flores— o con otros recursos, para que se acercaran a nosotros y entonces poder atraparlos, comerlos, o bien, servirnos de ellos; aprendimos a tender trampas para que nuestros enemigos o nuestras presas cayeran y fuera fácil dar cuenta de ellos. Finalmente, al organizarnos en sociedad, los humanos sacamos provecho de todo ese largo aprendizaje, y mentimos. Pero, a pesar de lo que podamos creer, mentir es, hasta cierto punto, necesario para que nuestra sociedad y nuestra convivencia con los demás funcione.
Sin embargo, nadie que tenga dos centímetros de frente pensará que la honestidad brutal de los beodos —cuyos inhibidores están noqueados por efecto del alcohol— y de los infantes —que son seres humanos en proceso de capacitación— es una cosa loable.
Hay un dicho que reza que “los borrachos y los niños siempre dicen la verdad”. Y quizá sea cierto. Sin embargo, nadie que tenga dos centímetros de frente pensará que la honestidad brutal de los beodos —cuyos inhibidores están noqueados por efecto del alcohol— y de los infantes —que son seres humanos en proceso de capacitación— es una cosa loable. Todos conocemos el caso de una madre que, al preguntarle a su crío cómo luce con su nuevo vestido, recibió una embarazosa respuesta del tipo: “Gorda, se te ve enorme la panza”; y a pesar de que creemos estar riéndonos ante la “inocencia” del chamaco en cuestión, en realidad lo hacemos ante su torpeza en el sutil arte de mentir —arte que, queda claro, el niño aún no ha tenido tiempo de integrar a su catálogo de competencias sociales.
En un artículo publicado en el diario británico The Telegraph, el psicólogo Paul Seager afirma que “para que la sociedad funcione y fluya sin contratiempos, los hombres necesitamos decir mentiras blancas”. Y pone un ejemplo: si nuestra pareja nos muestra un cuadro que él o ella hizo, y nos pregunta qué opinamos, no es porque desee saber la verdad estrictamente, sino porque está buscando nuestro apoyo o nuestra aprobación —o, al menos, eso es lo que hemos aprendido socialmente—, así que aunque los trazos sean espantosos y la obra esté coloreada a rayonazos, el 99 por ciento de nosotros dirá: Me gusta. Es decir, mentirá —una mentirijilla blanca, ¿qué más da?— para hacer sentir mejor al otro o, lo que es casi lo mismo, cuando no se desee hacerlo sentir mal. La mentira, en estos casos, trae más beneficios para la convivencia que la honestidad sin disimulos.
El valor de decir la verdad, entonces, al parecer está supeditado a las circunstancias sociales.
Otras razones para mentir socialmente son la de la protección de uno mismo o de su familia, o aquellas que derivan de la construcción de la imagen del ego. Y es que, al vivir en una sociedad compleja como la nuestra, en la que la interacción entre individuos se establece primariamente a través de la palabra, la imagen de uno mismo —que se construye verbalmente— es tan importante como la que ostenta un carnero cimarrón al alzarse sobre sus patas para aparentar ser más grande de lo que es y así sustentar su supremacía —y, también, su supervivencia—. Por eso, cuando una mujer al borde del divorcio que recién apagó casi 50 velitas en su pastel, afirma muy oronda que “Está felizmente casada y se siente muy bien a sus treinta y tantos”, lo que está buscando no es mentir porque sí, sino construir su propia imagen social —una imagen falsa, pero aceptable dentro del grupo al que pertenece— a través de la palabra.
Nadie tendría pareja, todos perderíamos el empleo y seríamos socialmente inadaptados, imposibilitando el desarrollo de nuestra civilización.
Entonces, resulta que aprender a mentir convincentemente es una aptitud totalmente instintiva que nos permite — a nosotros, que seguimos siendo peces en una misma pecera, peleando por el mismo alimento— convivir con nuestros congéneres a partir de una serie de formulismos que afirman aquello que es socialmente conveniente para el grupo. Si dijéramos toda la verdad y nada más que la verdad, viviríamos en constante conflicto con lo demás. Nadie tendría pareja, todos perderíamos el empleo y seríamos socialmente inadaptados, imposibilitando el desarrollo de nuestra civilización. Por eso, nadie en su sano juicio diría sobre sí mismo: o “Mucho gusto, mi nombre es Hermenegildo y me dedico al secuestro” o “¿Qué tal? Soy Karla, soy ninfómana, tengo tendencias lésbicas y soy adicta a los antidepresivos”. O bien, “Hola, soy Angélica y soy prestanombres de mi esposo”…
Pero, como siempre digo, ese ya es otro cantar…
@fcomasse



