Oportunismo y tragedia
27 Enero 2015
Para ésta, la primera parte del texto que a continuación escribiré, omitiré nombres, pero no detalles. Mero respeto a la identidad de las personas referidas a continuación. Una amiga pasó algunas semanas en uno de los centros de rehabilitación más famosos del país, ubicado en la costa del Pacífico mexicano. A dicho centro, lo mismo acuden quienes han tenido problemas relacionados con el abuso de sustancias como drogas o alcohol, que aquellos con problemas de farmacodependencia o trastornos de alimentación, apuestas o codependencia. Ella (mi amiga) me cuenta que durante el tiempo que se mantuvo en internamiento, coincidió con dos mujeres que resultaron ser parte del grupo de madres cuyos bebés murieron en el trágico episodio de la Guardería ABC. Llegaron ahí, evidentemente, como consecuencia de aquel momento: una adicción a los fármacos que pudiera controlar su ansiedad, que las hiciera dormir, pero que, al mismo tiempo, las mantuviera de pie para seguir con su lucha.
En conversaciones personalísimas entre ellas, relataron lo que hicieron para exigir una justicia que esperamos todos, pero que mediática y políticamente terminó por convertirse en una batalla sin cuartel: los papás debían asistir permanentemente a cursos y capacitaciones para saber qué decir y cómo actuar en sus encuentros con los medios de comunicación que cubrían sus movilizaciones. La otra y gran triste consecuencia es que, ambas, se olvidaron también de su vida y su familia (a una de ellas le sobrevivió otra hijita en el mismo incendio, de la cual terminó casi por olvidarse, según se lo contaba a mi amiga para “enfocarse en el movimiento” que a la fecha sigue en pie).
Las preguntas que asaltaron a mi amiga, quien además, y por azares del destino, mucho sabe de medios y política, fueron básicamente dos. Primero, quién y por qué capacitaban a los padres, y segundo, por qué cansarlos al punto de abandonar el resto de sus vidas. Y claro, con qué objeto, más allá de la justicia. Porque no las dejaban descansar (“no puedes tirar la toalla”), les decían, bajo la consigna de que eran imprescindibles para darle cauce al movimiento. Mi amiga obtuvo una respuesta dolorosamente honesta de boca de una de las mamás (no de ambas): “Creo que me volví, también, adicta a la cobertura; tras la muerte de mi hijo, la única sensación de tranquilidad la encontraba tomando pastillas o hablando en los medios. Creo que, sobre todo, fue para escapar, para evitar mi soledad y entonces tener que llorarlo”. Ante tanto dolor, cuesta imaginarse qué mecanismos de defensa, de compensación, de catarsis y de duelo, elabore la psique de una persona. Pero no cuesta tanto imaginarse a quienes en una tragedia como ésta ven una gran ventana de oportunidad para empujar sus propias agendas o para cobrar salarios por servicios que no sabemos qué tan “profesionales” puedan ser.
Me resultó imposible no pensar en esto cuando ayer, que se cumplían cuatro meses de la noche negra de Iguala, leía dos notas. La primera de El Universal: “A cuatro meses de los acontecimientos en Iguala, Guerrero, familiares de los normalistas de Ayotzinapa viven entre deudas, porque perdieron sus cosechas y animales; también los aquejan las enfermedades y la depresión, mientras tratan de ocultar a los más pequeños los verdaderos acontecimientos...”. Desde luego que no habrá palabras que alcancen para darles a los padres la certeza que buscan, la que les diga cuál es el paradero de sus hijos. La única vía para ello, es la científica, pero en los últimos días ya han dicho desde Innsbruck que ésa tal vez nunca llegue. Todos sabemos que, con la identificación de uno solo, además de los testimonios en la investigación, tendría que bastar para saber que los demás también murieron. Y llego a la misma pregunta que mi amiga con las mamás de la Guardería ABC: ¿Quién y por qué está usando a los padres de tal forma que han llegado a la situación límite en la que están?
Y justo para intentar dar una respuesta, va la segunda nota, ésta también de ayer pero en la primera plana de La Razón: “Felipe de la Cruz Sandoval, líder y vocero de los padres de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala, Guerrero, cobra como maestro de la CETEG 105 mil pesos al trimestre; es decir, 35 mil 126 pesos mensuales sin dar clases; no es familiar de alguno de los jóvenes que se buscan e incluso fue denunciado por ingresar por la fuerza a instalaciones educativas”… E intentarlo en las militares. Y una pregunta adicional: ¿a dónde van a parar las importantísimas cantidades de dinero recaudadas en las casetas por encapuchados que dicen recaudar fondos para los padres de Ayotzinapa?
A la tragedia le sigue el imperdonable oportunismo de algunos, de los más ruines, diría yo. Se logran filtrar por entre las heridas de las víctimas. Establecen sus propias agendas a sabiendas de que si alguien se atreve a cuestionar sus “genuinas causas” será inmediatamente acusado de “traición”. Y si para cumplir con sus objetivos, abusan de las víctimas y su dolor, al grado de ponerlos en situaciones límite como las arriba descritas, peor para las víctimas, quienes además, deben estar “a la altura de la causa”, porque ése es el único sentido de vida es lo que sus “capacitadores” les inoculan. En este caso, además, atizando la cruel e inhumana esperanza de que los hallarán con vida. Si a las mamás del ABC no les daban espacio para vivir su duelo y llorar a sus bebés, a los papás de Ayotzinapa ni siquiera les dejan preguntarse si tendrían un duelo qué vivir, un hijo al cual llorarle su partida…
Me cuentan. Que la esposa de Juan José Espinosa Torres, presidente municipal de San Pedro Cholula por Movimiento Ciudadano, será lanzada por el PRI como candidata a diputada Federal en Puebla. Lo que no saben es que Nancy de la Sierra hace sólo dos años formaba también parte de las filas de MC, partido que la postuló como Senadora en 2012. Tampoco saben que fue diputada local en tiempos del góber precioso ni que apoyó públicamente a López Obrador en las presidenciales. ¿Sabrán que su marido estuvo envuelto en un escándalo de corrupción y malversación de fondos? ¿Pues no dijo César Camacho que mirarían con lupa a sus candidatos? ¿O estarán dispuestos a echarse este trompo a la uña?



