Nadie quiere ser el aguafiestas

20 Octubre 2014

Estamos en una fiesta que está en claros rendimientos decrecientes. Nadie se atreve, sin embargo, a decir que llegó la hora de cortar por lo sano. Las bebidas están terminándose, los hielos se han derretido y los borrachos comportándose bochornosamente. Lo prudente es prender la luz, recoger los trastos y tomar aspirinas para minimizar la cruda. Pero al fiestero que ose proponerlo lo tildarán de “aguafiestas”. El problema es que, si nadie se comporta de manera responsable, la fiesta puede terminar muy mal. Algo parecido estamos viviendo en las finanzas públicas: ninguno de los partidos importantes quiere ser el aguafiestas y advertir lo inevitable: que la fiesta de presupuestos altos, gracias a buenos precios del petróleo y bajas tasas de interés, está terminando y, por tanto, hay que hacer algo para afrontar la caída de los ingresos; que llegó el momento de ajustar el gasto público para mantener las finanzas en orden.

El gobierno de Peña no quiere asumir el papel de aguafiestas. ¿Por qué hacerlo si su apuesta es a que continúe el jolgorio? Que la economía crezca por un elevado gasto público junto con las reformas estructurales. Hay que recordar que el keynesianismo regresó a la Secretaría de Hacienda. Existe la convicción de que el gasto gubernamental tiene un efecto multiplicador: por cada peso que gasta el gobierno, la economía crece más que ese peso. De ahí que este año el sector público vaya a ejercer el mayor gasto de su historia: cuatro billones 703 mil millones de pesos.

Pero un tercio de los ingresos públicos vienen del petróleo y resulta que la producción nacional va a la baja y los precios internacionales se están desplomando, una combinación mortal. La semana pasada, la mezcla mexicana cerró en 78 dólares por barril. Ese mismo día, los diputados aprobaron la Ley de Ingresos del 2005 con un precio de referencia de 81 dólares para el 2015. El Ejecutivo y Legislativo le están apostando que se va a revertir la caída de los petro-precios, una apuesta arriesgada.

Para compensar en algo la caída de los ingresos petroleros, los diputados ajustaron la cotización del tipo de cambio. El Ejecutivo había propuesto 13 pesos por dólar para el 2015. Los legisladores la subieron a 13.4. Así, de un plumazo, encontraron más pesos que gastar derivados de las exportaciones petroleras. Además subieron el pronóstico de recaudación de impuestos en 27 mil millones. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, el papel lo aguanta todo.

Si los pronósticos de ingresos públicos no se cumplen —ya sea por una caída petrolera, impositiva o de ambas—, siempre queda la posibilidad de contratar más deuda. Este gobierno es experto en eso. Desde que llegó, le ha metido duro a la tarjeta de crédito. En diciembre de 2012 le pidió al Congreso que la deuda a finales de 2015, medida en el saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público, alcanzara el equivalente al 36.5% del Producto Interno Bruto (PIB). En 2013 solicitó que dicha deuda fuera de 41%. Y este año la volvió a subir a 43.3%. Es un salto de 6.8 puntos del PIB en los dos años que llevan gobernando. Son 1.14 billones de pesos más.

Imaginemos que ahora sí cumplen el compromiso de cerrar 2015 con una deuda pública equivalente a 43.3% del PIB. Los 6.8 puntos de endeudamiento extra entre lo que originalmente pidieron en 2012 y lo que efectivamente se habrían endeudado a finales de 2015 significarían un monto adicional de crecimiento de la deuda pública de mil millones de pesos por día en los mil 125 días transcurridos desde el primero de diciembre de 2012 y el 31 de diciembre de 2015.

Mil millones de pesos por día. ¿Por qué no? Si el Ejecutivo pide, el Legislativo otorga. En esta ocasión, la Ley de Ingresos fue aprobada por 427 de los diputados presentes, el 92%. Sólo 35, de un par de partidos chicos, votaron en contra. PRI, PAN y PRD avalaron una Ley que no reconoce la explosiva combinación de caída del ingreso petrolero y el incremento de las tasas de interés en Estados Unidos. No se trata de un escenario catastrofista. Lo primero ya está ocurriendo. Lo segundo tiene buena probabilidad de ocurrir el año que entra.

Pero nadie de los partidos importantes quiere asumir la postura responsable en las finanzas públicas. Todos quieren seguir chupando del presupuesto público, tanto la Federación como los gobiernos locales del PRI, PAN y PRD, como si fuera inagotable. Nadie quiere dejar la fiesta de altos precios del petróleo y bajas tasas de interés. Todos quieren seguir divirtiéndose como si el futuro fuera igual que el pasado. Nadie quiere ser el aguafiestas que empiece a hablar responsablemente de que es mejor cortar por lo sano. Todos quieren quedarse en una fiesta que puede terminar muy mal.

                Twitter: @leozuckermann