Misoginia MX: el desprecio a la mujer en la sociedad mexicana

10 Febrero 2015

Aclaremos primero el concepto: misoginia proviene de las raíces griegasmiseo, "detestar, odiar" y gyné, "mujer"; de ahí que su significado sea “aversión y odio hacia las mujeres”, y se extienda para referirse a las ideas y prácticas basadas en el desprecio al género femenino.

Uno podría pensar que, ya bien entrados en el siglo XXI y con todos los avances que ha habido en materia de equidad de género, tales ideas y prácticas son cosa del pasado. Y sí, el siglo XX fue el escenario de avances significativos en este sentido, tales como el voto de las mujeres, la invención de los anticonceptivos y el empoderamiento laboral de las mujeres en occidente; de igual modo, hubo cruzadas ideológicas como la Liberación Femenina, con los pantalones y la minifalda como estandarte.

Gracias a ello, hoy existen mujeres policía, boxeadoras, estrellas de rock, presidentas y directoras de grandes empresas; hay leyes que las protegen del maltrato, de la discriminación, cuando están embarazadas o lactando, o que les dan derecho a solicitar divorcio y manutención.

Pero, a pesar de todo eso, siguen existiendo muestras cotidianas, claras y palpables de desprecio hacia las mujeres —no por su negligencia, por su clase social o por su aspecto físico, sino por el simple hecho de ser mujeres— en todos los escalafones de nuestra sociedad. Y no, no me refiero a hechos terribles como los asesinatos de obreras en Ciudad Juárez, a la violencia doméstica que viven millones de mexicanas, o a las sexistas políticas salariales de muchas empresas. Nada de eso. Me refiero a las prácticas sociales, a las expresiones lingüísticas y a las asignaciones de rol que los mexicanos y las mexicanas —aunque suene a foxismo— establecemos desde antes de ir a la escuela, y que muchas veces tienen origen en la educación que imparte un padre machista, en la sobreprotección de una madre abnegada o en conflictos no resueltos con una figura femenina dominante.

Observe con atención, por ejemplo, cómo en una gran parte de las familias de cualquier clase social, el hijo varón recibe más atención y mimos —tanto de su madre como de sus abuelas— que cualquiera de sus hermanas. Si quiere hacer una comprobación simple, haga el siguiente ejercicio: la próxima vez que escuche una voz infantil haciendo un berrinche, voltee a verlo y verá que lo más probable es que sea un niño —es decir, un varón y no una niña— que va acompañado por su madre o abuela. Al crecer, estos niños conservan la idea de que las mujeres están a su servicio y serán hombres desconsiderados, poco caballerosos, mujeriegos y hasta golpeadores. Gracias, mamá.

Por otro lado, considere cuanta violencia verbal existe en el lenguaje cotidiano en contra de la condición femenina: desde las mamás sobreprotectoras —las cuales, como ya vimos, parecen ser el origen de todo esto— que se refieren a las amigas o novias de sus hijos como “lagartonas” o “moscas muertas”; los jóvenes que se refieren a sus conquistas como “lobukis” o “viejas” —así, como si fueran reses—; las mujeres de todas las edades que fustigan a sus congéneres atractivas con calificativos como “zorra”, “teibolera” o “edecarne”; hasta los hombres —albañiles y choferes, y también profesionistas o postulantes a doctorado— que se refieren a sus parejas como “mi vieja”, “la hembra”, “mi nalga”, “mi carne” y otros tantos apelativos que denotan despersonalización y menosprecio. Y, enmedio de estas expresiones, una que sintetiza en dos palabras el odio de género que me ocupa en estas líneas: “pinche vieja”.

Ya sea la novia demandante, la esposa mandona, la madre castrante, la automovilista que bloquea el paso, la jefa neurótica, la vecina melindrosa, la señora que nos golpea con su bolsa en el metro o la compañera que nos resulta antipática. Pinches viejas todas ellas.

Si uno se pone irritable, “parece vieja en sus días”. Si uno corre, patea el balón o pelea sin energías, lo hace “como niña”. Si uno es parlanchín y atosiga a su interlocutor, es probable que éste le diga: “ya cállate, pareces vieja chismosa”. Lo mismo si uno es cobarde, miedoso o elude una pelea a puñetazos: “¡Pareces vieja!”. En las escuelas, en mis tiempos al menos, uno retaba a los compañeros en una carrera al son de “Vieja el útimo”. Y si uno dice “vieja pendeja”, lo acusan de hablar con pleonasmos.

Y cuando se habla de sexo, el asunto se pone peor. El lenguaje de los albures y la educación sexual de película pornográfica con los que crecimos la gran parte de los mexicanos, permea en infinidad de frases en las que la mujer se convierte en un objeto, en un ente sin cerebro ni conciencia —pero sí con vagina— que está al servicio del placer masculino. En el habla del mexicano, la mujer no tiene relaciones sexuales, “se la cogen”, “se la chingan”, “se la empinan”, “se la meten” o “le dan lo suyo”, como un acto violento, triunfante, casi forzado; si se resiste a los avances del hombre, es “una apretada” o “una aguada” —ni que estuviera tan buena—, y si cede, “bien que le gusta”. A la mujer le han hecho creer que su sexo “huele a pescado”, y por eso tantos jabones y duchas desodorizadoras “especiales para la higiene femenina”, tantos hombres que sienten repulsión por elcunnilingus y tantas mujeres que sienten vergüenza por el olor que despiden sus vaginas. El olor a mujer, ni más ni menos.

Pero este asunto no es novedoso: si uno acude a La Biblia, verá que desde la creación del mundo fue Eva, una mujer, la que arruinó todo y causó la expulsión del Paraíso Terrenal, con todos los males que de ello surgieron. Pinche vieja. Pero creo que ya va siendo hora de entender que ni Eva, ni nadie más, le puso una pistola en la sien a Adán y le dijo “cómete esa manzana”…

 

@fcomasse