Los descartados... y los descartables

6 de Febrero de 2016

Tenía miedo de que el papa Francisco me decepcionara, después de seguir con mucha atención lo que a mis ojos han sido tres años de pronunciamientos los más revolucionarios que me han tocado presenciar en vida en boca de un Pontífice. He escrito con anterioridad que soy mujer y soy atea (o agnóstica como todos cuando la naturaleza llega a maravillarme). Pero aunque no pertenezco ni a su Iglesia ni a ninguna otra, reconozco en Bergoglio el poder de un líder que supera el ámbito de lo religioso: lo miro estratega, lo miro estadista, lo percibo intelectaual. Tenía miedo de que las palabras necesarias para México no llegaran. Eso me habría roto el corazón. Pero lo hizo: desde el primer día de actividades su palabra —la de la razón y de la inteligencia vestidos de rezo— se escuchó y se dirigió en todas las direcciones. Irónicamente, en medio de los protocolos que él busca siempre evadir, durante el fin de semana habló y habló mucho y habló fuerte. Lo mismo para una clase política que se reunió en Palacio Nacional, que a los obispos que llenaron la Catedral Metropolitana o a los miles de ciudadanos que lo fueron a escuchar a Ecatepec. Y ayer con los indígenas y en el Encuentro de Familias. Lo escuché en todas las ocasiones, en cada uno de sus discursos. Al final, sólo pude pensar en lo poderosa y asertiva que puede ser la palabra vuelta poesía.

Jorge Mario Bergoglio ha dado pasos importantísimos que conducen a la reforma de la Iglesia que hoy encabeza. Esa Iglesia que se observa como el gran mastodonte con miles de años de antigüedad a la que le cuesta dar respuestas a las nuevas realidades, como se los dijo a los obispos. Las palabras que hasta ayer ha pronunciado no van en dirección contraria a ese liderazgo que lo ha caracterizado. Aun cuando algunos hubiéramos esperado un poco más subido el tono, un poco más contestatario, reconozco que, estratega como es, sabe hasta dónde puede estirar las tantas ligas. El papa Francisco conoce cada uno de los rostros de nuestro país: sabe de los escándalos que se han evidenciado de nuestra clase política —y también de su Iglesia—, sabe de sus excesos (de ambos), que lo escucharon tan atentos en Palacio y en la Catedral. Francisco, también, tenía palabras para el resto, para quienes no formamos parte de esos
grupos de poder, para ciudadanos de a pie, pero tampoco fueron palabras autocomplacientes: nos recordó que los mexicanos hemos dejado de mirarnos los unos a los otros, que no somos más ese pueblo solidario que creíamos ser, que le debemos un perdón a los indígenas que hemos históricamente excluido... descartado.

Pero cosa curiosa (indignante, diría yo) que, siendo ése el hilo conductor de su discurso, el de la “cultura del descarte”, tantos hayan sido los descartados (y no por él) en estos días. La logística de seguridad era la logística del descarte. Los controles y los sellos de acceso como el filtro del descarte. La sección de las bancas y las filas y las ostias VIP como la bendición antidescarte.

Todo ello no ha impedido que él, Francisco, con ese enorme carisma y esa notable inteligencia lanzara los varios acuses de recibo sobre la realidad de nuestro país, sobre los distintos “Méxicos” que se viven. El de los privilegios, de toda índole, pero también el de la desigualdad, el de la injusticia, el de la falta de oportunidades.

Aunque me hubiera gustado que en el Encuentro de Familias se mostrara más abierto a los muchos nuevos modelos de familias que existen (y que al final su sostén es el mismo que el de la familia tradicional: el amor), entiendo queFrancisco no piensa dar todas las batallas al mismo tiempo. No recibió a una pareja del mismo sexo (por lo visto todavía “descartables”), pero sí se “aventó el tiro” de abrazar a una madre soltera, a una pareja de divorciados, y dejarlos hablar libremente sobre el tema de la arcaica prohibición para comulgar en tales circunstancias. En fin, hasta hoy, Jorge Mario Bergoglio no ha hecho sino inspirar con ese estilo tan suyo: suave, pero contundentemente transgresor. Ya veremos qué dice hoy en esa tierra en la que crecieron los dos curas más revolucionarios de la historia mexicana: Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos y Pavón. Dos religiosos que también salieron a la calle, con la imagen de Guadalupe en mano a impedir que la cultura del descaro siguiera descartando a todos los que consideraba descartables.

Excelsior