La Llorona en el Puerto; Los gritos del silencio que aterran el alma

Por: Oscar Santiago 


Tampico,Tamps.(31 Julio 2017)La horrenda psicofonía estremeció el oriente del puerto, ese grito del más allá se repitió una y otra vez, en las viejas casonas iluminadas con lámparas de keroseno, se extinguió la luz y los  portones crujieron por un cerrojazo  brusco.

Aquel lamento de ultratumba de una mujer que buscaba a sus hijos, llego a todos los hogares, provocando un miedo aterrador, obligando a quienes escucharon a postrarse rostro en tierra y elevar una imploración hacia el  creador.

Pasados unos segundos, reinó un silencio lúgubre,  tan sombrío que hasta la caída de un alfiler se habría podido escuchar, nada ni nadie movía en esos momentos  a las familias que oyeron  el alarido de aquella alma en pena.

Sería el mes décimo, de un año no preciso, del siglo XIX cuando decenas de porteños, vivieron  la noche más larga de su existencia y aquellos que fueron sorprendidos en la calle nunca olvidaron esa exclamación del averno.

Por el periodo en que nos referimos, Tampico  vivía noches sumamente obscuras, comunes en el otoño del trópico, causadas por los “nortes” y lluvias  constantes.

Entre la población ya existían antecedentes de hechos que no tenían una explicación racional, de boca en boca, en los  escasos espacios públicos de aquella época, tabernas, donde convivían marinos trotamundos que recorrían los mares más inhóspitos o arrieros que llegaban de la región de la huasteca, estos  relataban de sucesos tan extraños e irreales que generaban el pánico a los espectadores y porque no decirlo, entre el grueso de la población.

Con este ambiente de terror, eran muy pocos los porteños que se atrevían a caminar entrada la noche, solo Juanito el herrador de caballos, cuya vivienda estaba entre el Canal de la Cortadura y el Río Pánuco, gustaba de recorrer  diferentes rumbos a esas horas, para disfrutar de la brisa marina y el centelleo de las  estrellas que daban una imagen envidiable. 

Aquel hombre mestizo, de carácter áspero, manos marcadas por los golpes diarios de su rudo trabajo y quien se ufanaba no tener miedo ni al mismo satanás, durante años guiaba sus pasos por infinidad de calles obscuras y las que conocía como la palma de sus manos.   

Pero esos paseos tuvieron un final de espanto, pues fue a él, quien se le escuchó decir haber visto de cerca la figura de esa mujer en aquella noche aciaga, algo así como un espectro que salía de una callejuela de aquella parte de la ciudad.

Una aparición que gritaba ¡mis hijos, quiero a mis hijos!, blanca, tan blanca como su túnica, pelo largo negro, ojos hundidos, rojos como la misma puerta del infierno y la que caminaba sin tocar las calles de terracería.

El horror lo paralizó, intentó correr, pero  sus músculos no respondieron, a grado tal de que sentía que había perdido la razón, dicho por el mismo, pasaron varios segundos y a medida de que el llanto lastimero de aquel ser de ultratumba se perdía entre los muelles de madera y el río Pánuco, el silencio era mayor.

Sin fuerzas, intentó en vano el auxilio de los vecinos del rumbo, nadie respondió,  hasta que pudo encaminarse hacia su casa, con paso bamboleante, las pupilas dilatadas, temblando, el corazón agitado y una resequedad  en los labios, aquel artesano  llegó a su morada, rememorando los momentos de terror vividos.

Superada en parte la terrible experiencia y controlada la respiración, aunque con mucho miedo, nuestro personaje relató a su mujer y sus dos pequeños hijos lo acontecido e iniciar una plegaria por el descanso de aquella horrenda  mujer.

Desde entonces, la vida ya no fue igual para este hombre, los años siguientes fueron de miedo y angustia, nunca más se le vio deambular en las noches por aquellas calles de la ciudad.

Solo en escasas ocasiones y al filo del mediodía se reunía en alguna cantina, ahí platicó hasta el hartazgo de la aparición espeluznante de aquella madre que habría tenido la mala fortuna de perder a sus hijos y desde un mundo espectral los buscaba entre los vivos.    

Este suceso irreal obligó a todas las familias a tomar sus providencias , no solo del oriente de la ciudad, sino del puerto entero, prefirieron  recogerse en sus viviendas apenas que el manto de la obscuridad les cubría , ante el temor de enfrentar la aterradora presencia de la “Llorona”.