Reforma política: obsesión que enferma
Las verdaderas iniciativas, las de fondo, tan comentadas en múltiples seminarios, siempre se atoren a la hora de votarlas en el Congreso.
Todavía no se acaba de reglamentar ni de implementar la última reforma política de 2012, cuando ya se está hablando de la necesidad de una nueva. En lugar de que el Congreso esté legislando las candidaturas independientes, la iniciativa popular o la consulta popular, en lugar de que Peña esté utilizando la iniciativa presidencial preferente, se está convocando a otra ronda de seminarios para una siguiente “reforma del Estado”. Se trata, al parecer, de una obsesión de nuestros políticos: no acaban una cuando ya están sobre la otra. Caray: ¿no valdría la pena darle una oportunidad a la última reforma en lugar de promover una nueva? Es como si una empresa lanzara al mercado un producto, que todavía tiene que producir, empaquetar y enviar a los anaqueles, cuando ya está anunciando que mejor diseñará otro.
Desde que yo me acuerdo, los políticos en México hablan de la necesidad de una reforma política. Hace seis años, por ejemplo, el entonces senador Beltrones lanzó una “ley convocatoria” sobre el tema. Al respecto escribí un artículo titulado Me enferma la reforma del Estado, donde declaré mi frustración. Me parecía tragicómico el anuncio de un nuevo desfile de “expertos” en “ingeniería institucional” para hablar del amplísimo menú de opciones para organizar un régimen político. No es que yo esté en contra de una reforma que mejore la representatividad y gobernabilidad de nuestro sistema. Lo frustrante es el manoseo de este tema durante tantos años. Los partidos utilizan este asunto para incrementar su poder, o para hacer mucho ruido con pocas nueces, o incluso para soslayar reformas que ya fueron aprobadas sin experimentar su efectividad.
En un seminario sobre la reforma del Estado en 2004, organizado por el entonces diputado Manuel Camacho, sostuve que los partidos no tenían incentivos para cambiar un régimen que ellos controlaban. Ahí está la trampa. Para cambiar nuestro régimen, se necesita enmendar la Constitución, lo que implica la aprobación de una mayoría calificada de dos terceras partes de la Cámara de Diputados y de Senadores, más la anuencia de 16 de las 31 legislaturas locales. Quienes hoy controlan estos cuerpos legislativos son los partidos, ya que los legisladores le deben sus puestos (pasados, presentes y futuros) a los partidos que los postularon como candidatos. De esta forma, los legisladores, que son políticos racionales, se disciplinan a lo que ordena su partido; los que se atreven a desafiarlos corren el riesgo de ser defenestrados (pregúntenle al senador Cordero). Y los partidos no van a cambiar un statu quo que los beneficia. Esperar que lo hagan es como pedirles que se hagan un haraquiri. Racionalmente no lo van a hacer porque nadie se quita poder nomás por que sí. De ahí que las diferentes iniciativas de reformas políticas, las verdaderas, las de fondo, tan comentadas en múltiples seminarios, siempre se atoren a la hora de votarlas en el Congreso.
Por eso, desde hace muchos años, me declaré enfermo por la “reforma del Estado”.
El año pasado, en vísperas de la elección presidencial, se volvió a debatir otra más. El Senado, por ejemplo, discutió la idea de cambiar la Constitución para fomentar los gobiernos de coalición. Blablablá y nada. No obstante, se aprobaron otros cambios interesantes. Se autorizaron las candidaturas independientes, la iniciativa popular (por medio de la cual un grupo de ciudadanos que consiga la firma de 0.13% de los electores puede obligar que el Congreso vote una iniciativa de cambio en nuestras leyes) y la consulta popular (donde se convoca a los ciudadanos a opinar sobre un tema público, decisión de gobierno o propuesta de ley). El problema es que estos cambios todavía tienen que ser regulados en legislaciones secundarias y esta Legislatura, en lugar de estar trabajando en ello, pues está pensando en la siguiente reforma política.
Otra de las reformas políticas aprobadas el año pasado fue la iniciativa presidencial preferente. Ni tardo ni perezoso, con inteligencia, el entonces presidente Calderón utilizó esta regla para sacar adelante una reforma laboral que llevaba muchos lustros atorada. Fue un exitazo. Y es que la nueva regla fortalece al Presidente frente al Congreso. Como vimos, le imprime una dinámica positiva a nuestro sistema presidencial. Ahora, a pesar de esta transformación que funciona, se anuncia una nueva reforma política. Caray, pero qué manía. No acaban de terminar una cuando ya están pensando en la siguiente. No sé a usted, pero a mí esta obsesión ya me enferma.
Twitter: @leozuckermann



