¿Le gusta el dinero fácil?
19 Mayo 2015
Antes de entrar en materia, es necesario que me remita a una anécdota autobiográfica. Una más, lo sé, pero como dicen por ahí: toda forma de escritura es, hasta cierto punto, necesariamente autobiográfica.
Hoy sé que mi apellido Masse —que significa ‘maza’ en francés, refiriéndose a la letal y pesada arma medieval que hemos visto aplastar cráneos en las películas de época— proviene de la región de Barcelonnette, en los Alpes franceses, y que mis antepasados galos llegaron a México a mediados del siglo XIX —junto con otros varios cientos de familias con apellidos como Derbez y Ebrard—, a los estados de Veracruz, Oaxaca, Puebla y México, así como a la floreciente capital, a hacer lo que sabían hacer: establecer comercios, comprar barato, vender caro y ofrecer mercancías que ningún otro mercader pudiera ofrecer.
Pero yo me crié con mi otra familia: la materna. Y como era un niño bastante consentido y hogareño, solía acompañar a mi abuela a “hacer el mandado” diariamente en el mercado de la colonia
Así las cosas, resulta que, del lado de mi padre, por mis venas corre sangre de comerciante. Pero yo me crié con mi otra familia: la materna. Y como era un niño bastante consentido y hogareño, solía acompañar a mi abuela a “hacer el mandado” diariamente en el mercado de la colonia, y aún recuerdo cómo me fascinaba todo el asunto: desde el protocolo del saludo, la espera del turno “para que lo despachen a uno” que hacía necesaria la habilidad del marchante o la marchante en el olvidado arte de la conversación, la comparación empírica de los precios y las calidades de los productos, los pedidos precisos de mi abuela y la rapidez con que el arroz, los frijoles, las habas, el azúcar, los huevos, las rajas de canela y las barras de piloncillo eran pesados en una hermosa báscula mecánica —de esas que se les añaden pesos para compensar el contenido del balanzón— y puestos en cucuruchos de papel periódico previamente doblados, pues eran los días previos a la invasión del unicel y las bolsas de polietileno.
El asunto, repito, me fascinaba. Y por eso quise tener yo mi propia tiendita. Y así se lo platiqué a la tía que me cuidaba —pues mi mamá debía salir a trabajar muy duro para sostenerme a mí y a mis hermanos—, y ella me sugirió que, con lo que juntara de mis domingos, compráramos una báscula pequeña y dulces a granel en el mercado de Sonora. Así, compraría baratísimo y podría revender a precio de detallista a mis primos, que acudían con sus papás a las comidas familiares de los domingos.
Y así lo hice: con una inversión inicial de tres o cuatro domingos, mi tía fue y compró todo lo necesario para montar la tiendita. Mi local me lo inventé en uno de los rincones de la sala de mi abuelo, donde unas rígidas sillas de madera dispuestas al revés harían las veces del mostrador, y donde yo, sentado en un banquito, despachaba a mis primos vendiéndoles cincuenta centavos de este dulce o de aquel. Usted podrá imaginar mi primera realización personal cuando me vi pesando con precisión y honradez la mercancía en una báscula e, igual que los marchantes que había visto, poniéndola en cucuruchitos de papel doblados por mí, dando cambio y, de pilón, un dulce exótico para que el cliente lo probara y, desde luego, se enganchara y gastara más de lo que planeaba. Todo estaba fríamente calculado.
El primer día fue un éxito rotundo: casi todos los domingos de mis primos acabaron en mi bolsillo, y en una sola tarde prácticamente dupliqué mi inversión. Ante el impulso de gastarlo todo, mi tía me previno:
No te lo gastes; mejor, vuelve a darme para ir a comprar más dulces y el resto, ahórralo”.
Educación financiera nivel kínder. Y así lo hice: al siguiente domingo, mis tíos tuvieron que destinar una cantidad extra “para ir a comprar a la tienda del primo Paco”, y de nuevo, primos y tíos arrasaron con la mercancía. Por la tarde yo contaba mis jugosas ganancias. Me sentía Rico MacPato, y cualquiera que me hubiera visto, habría pensado que yo era un comerciante nato.
Y quizá eso fue lo que pensó mi madre, pues a la semana siguiente me clausuró el changarro. Así como lo lee: me prohibió volver a instalar la tiendita. Seguramente había escuchado comentarios de molestia por parte de mis tíos, pues el dinero que con sacrificios ganaban para dárselo a sus hijos —mi familia proviene de un extracto popular y nunca me he avergonzado de decirlo— terminaba todo en la alcancía del primo Paco, y de seguro eso no les gustaba. Y era comprensible. Pero lo que hasta hoy sigue llamando mi atención fue el argumento que usó mi madre para poner calcomanías de clausura en mi puesto semifijo de distribución de azúcar. Sus palabras fueron:
“No quiero que te empiece a gustar el dinero fácil”.
A lo que se refería mi madre —quien, hoy lo entiendo, no actuó con crueldad sino guiada por un inmenso y ciego amor— era a que ella tenía la expectativa de que yo y mis hermanos tuviéramos un título universitario, y a la creencia de que si empezábamos a ganar dinero fácilmente y por nuestra cuenta, no tendríamos la motivación suficiente para terminar los estudios de licenciatura, buscar un empleo respetable, “ser alguien en la vida” y salir de la colonia popular en la que vivíamos —y, de paso, fuéramos destacados hombres de bien, no como nuestros compañeritos de la primaria, cuyo destino inexorable era el de embarazar a la novia a los 19, entrar a trabajar de lo que fuera, vivir en casa de los papás, engordar, tomar cerveza viendo el futbol los domingos y perpetuar esa plácida mediocridad de la clase media mexicana.
Pero el argumento perduró. No había que ganar dinero fácil. Como si lo fácil fuera malo o hiciera daño. Y entonces, había que matarse estudiando —cuatro, seis u ocho años—, malcomiendo y maldurmiendo, para luego salir victorioso de la batalla con un título que termina enmarcado en la sala de los padres —quienes lo muestran orgullosos a cualquiera que llegue a visitarlos—, pero sin experiencia laboral y sin la menor idea de qué es lo que una persona debe hacer para procurarse su sustento.
Trabajo duro y dinero ganado “con el sudor de mi frente”, como dice la Biblia que dijo Dios a Adán cuando lo expulsó del Jardín del Edén.
Y entonces, un empleo. Y luego otro. Sueldos miserables que se convierten en sueldos pequeños, que se convierten en sueldos medianos que, si estás dispuesto a venderle tu alma al Diablo —esto es: a vivir, sudar, sangrar, pensar, humillarte, renunciar a ti mismo y morir en función de la empresa— pueden convertirse finalmente en buenos salarios. Trabajo duro y dinero ganado “con el sudor de mi frente”, como dice la Biblia que dijo Dios a Adán cuando lo expulsó del Jardín del Edén. Mi madre estaría orgullosa. Pero la pregunta es: ¿acaso realmente el dinero tiene que ser ganado “con el sudor de la frente”? ¿No estamos asumiendo eso como un dogma? ¿De verdad tenemos que sufrir para ganar el dinero y que éste sea valioso?
Ahora, yo creo que no es así. Ahora creo que ese argumento es un rescoldo de una educación cristiana basada en el sufrimiento y en la humildad como medios de purificación del alma. El trabajo lo puso Dios como castigo, dicen, pero es un castigo que purifica y te hace entrar al Cielo, y además quien trabaja mucho agotará su cuerpo en actividades loables y tendrá menos tiempo, energía y dinero para gastarlo andando por sendas alejadas del buen camino. O algo así. Lo cual es indispensable si uno está peregrinando con su tribu en el desierto hacia la tierra prometida, y necesita del máximo esfuerzo físico de todos para garantizar la supervivencia. Por ello había que santificar el trabajo y satanizar el ocio. Por ello el dinero ganado con arduo esfuerzo es bueno, y aquel que se gana de modos fáciles, aunque no sean inmorales, no puede ser bueno.
Pero la realidad —o así lo veo yo— es que, al final, ricos y pobres, blancos y negros, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, todos somos miembros de una especie que compiten entre sí por los satisfactores para sobrevivir, y no existe nada de fácil en ello. Así que quizá habría que sustituir la idea del “dinero fácil” por la del “dinero inmoral”, de modo que cualquiera debería gozar del derecho de hacerse de riqueza fácilmente, siempre que sea por medios lícitos y sin perjudicar a nadie. Y entonces, ése es el verdadero dilema moral: qué es lo lícito y hasta qué punto, cuando la riqueza cambia de manos y termina en las nuestras, uno está siendo justo y honesto. Y es que, como acotó el escritor alemán Bertolt Brecht:
¿qué crimen es robar un banco, comparado con fundarlo?”…
Pero como siempre digo, eso ya es otro cantar…
@fcomasse



