La ouija maldita
30 Marzo 2017
Sección: Historias de Ultratumba de Tampico
La ouija maldita
Por Vanessa R. Gutiérrez/Ordenador
Los hechos que se narran a continuación sucedieron en Tampico durante los años 50 cuando parecía que nada grave o malo podía ocurrir dentro de las paredes de nuestras casas, algo que quizás se haya vivido o sufrido en otras tantas casas por la distracción de "jugar" a la ouija.
Sandra, Lorena y Martín fueron tres hermanos que vivían plácidamente en una casa de renta del segundo cuadro de la ciudad, con una madre ama de casa y un padre obrero en la Refinería 'Francisco I. Madero'.
La actividad normal de la casa era como la de muchas otras: te levantabas temprano, ibas a la escuela, comías, hacías las tareas y a dormir. Pocas veces se salía a la calle. Siempre se estaba en el refugio familiar.
Los tres hermanos consiguieron a través de un amigo de Lorena una tabla de ouija que de vez en cuando usaban los chicos para "divertirse", pues hay que recordar que eso de ver la Televisión no ocurría aún en Tampico. El ocio y la curiosidad hacían el resto.
Sandra lo platicó a algunas amigas después de varias décadas, y todavía se cimbraba porque jamás pensó en las consecuencias que traería para la familia el juego maldito. Nadie, ni su madre ni sus vecinos hubieran creído la historia si no se les dijeran que era real.
Jugar con la tabla nos lleva a cosas comunes, cuándo voy a morir, quién eres se le pregunta, que hay en el mundo de los muertos, etcétera, y se guarda debajo de la cama o en un cajón como si fuera el cartoncito de 'Serpientes y Escaleras' una vez que nos aburrimos de tocarla.
Don Bruno, el papá, la halló un día en la mesa después que salió del trabajo. "¿Quién está jugando con eso?", lanzó al verla en la mesa del comedor. No hubo respuestas. Los chicos estaban en la sala haciendo tareas y la habían guardado previamente en un cajón de la cómoda del cuarto de ellos.
A la mañana siguiente don Bruno se la llevó y la puso bajo llave en una caja de herramientas del taller donde trabajaba en la refinería. No dijo nada a nadie. La puso pegada al lado derecho detrás de las herramientas de calibración y listo. Sin embargo, cuando llegó a la casa ¡la tabla estaba en la mesa!, en el mismo sitio donde la vio el día anterior. La tomó enojado, vio a sus hijos y les pidió que jamás dijeran lo que había pasado. Al día siguiente la llevó consigo y apenas cruzó el sector de talleres se dirigió a una enorme caldera y la arrojó, viendo en el acto que la ouija se convertía en cenizas.
Martín y Lorena murieron en las fechas que el demonio atrás de la ouija les había dicho. Antes de esos decesos, ambos casi no dormían, no iban a sus estudios en ocasiones y se apartaban de sus amigos. "Era solo un juego", se repetían. Un juego que los llevó a la muerte. Martín murió el 3 de agosto de 1973 justo el día marcado. Lorena, el 6 de septiembre de 1978. Fue consumida por la premonición maldita. Veía cosas en el espejo como le había pasado a Martín.
Sandra, la menor, quedó como fiel testigo del poder del mal; no había participado en el llamado al ser siniestro que atormentaba a sus hermanos cada noche desde ese contacto aciago. Nunca hubo paz en los sueños de sus hermanos. Ninguno tuvo descendencia. Ella entregada a los hábitos jamás le contó a sus padres la maldición que al final de sus vidas también se había cumplido. Yace en el Cementerio Municipal de Tancol.



