Jacobo (o el Laberinto)

3 Julio 2015

Nada tan revelador sobre México y nosotros todos como su entrada a la televisión, su permanencia y su salida de la misma. Y ahora, más que nunca, frente a la noticia de su muerte. Jacobo Zabludovsky es tu espejo, lector. En él, en su biografía, en sus glorias o sus vergüenzas, sus alcances y sus barreras, su ingenio o su temor, justo ahí estás tú, querida sociedad mexicana. A lo largo de siete décadas, Jacobo fue lo que tú mismo fuiste: un engranaje de un sistema que funcionaba de determinada manera en un determinado momento. Del tiempo mexicano y del mundo. De un sistema que, a mitad de los entonces imperantes en el mundo, se encontraba a medio camino entre los polos de la dictadura y el control del Estado vs. el del régimen de libertades de la democracia y el mercado. Desde principios del siglo XX, México siempre quiso estar bien con Dios y con el diablo (la “doctrina Estrada”). Y así se construyó el gran leviatán priista que 71 años se mantuvo en el poder: sin ser una dictadura (o una “perfecta”, como la llamó Vargas Llosa), apostó por todos los mecanismos de orden, control y cooptación que le permitieran mantener un clima de paz y una pretensión democrática ante el mundo. La segunda mitad del siglo XX, toda fue, para México, la eraZabludovsky. Un hombre que, como todos los demás en México, fue malabarista de nuestra esquizofrenia. Y lo hizo lo mejor que pudo, con las herramientas que tuvo (que no eran pocas) y con las oportunidades y obstáculos que enfrentaba (que tampoco eran pocos). En nuestro laberinto de voluntaria, autoimpuesta, soledad (ése que Octavio Paz magistralmente describió), Jacobo fue el tenaz y exigente exhibidor, narrador, entrevistador y sí, también portador de todas nuestras máscaras mexicanas. Y me parece que, al menos, trató de elegir siempre las mejores, empezando por los propios atributos. Su profunda inteligencia, cultura y sentido del humor fueron sus insuperables aliados para navegar en el mar de contradicciones de este país de tantos claroscuros. De un país que no quería definirse a sí mismo, en sentido alguno, que no fuera en el escondite de sus eufemismos. Para un país que nunca supo y aún no aprende a llamar a las cosas por su nombre,Jacobo pudo encontrar y apasionarse, darle todos los nombres posibles (y con maestría) a todo sobre lo que no planeaban las sombras del silencio: el arte, la literatura, la fiesta brava o el tango...

Pero el juego de máscaras nos correspondía a todos los mexicanos; no sólo en la era Zabludovsky, sino hasta el día de hoy. La noticia de su muerte no hizo sino exhibir los nuevos antifaces que hemos adoptado: los de la falsa superioridad moral, los de la descalificación virulenta cuya profunda raíz es la carga de una ignorancia que cree redimirse en el insulto. De la autocomplacencia en el silencio pasamos a la autocomplacencia en la estridencia. Tan estéril una como la otra. Danza de engaños y autoengaños en el mismo piso. El de entonces, el de ahora. El del espejo al que no sabemos, no queremos, no podemos mirarnos “objetivamente”. El espejo, entonces del Canal de las Estrellas; ahora, el de internet y las redes sociales...

“Eran otros tiempos. A Jacobo no le quedaba de otra más que decir lo que tenía que decir”, declaró ayer en entrevista su amiga incondicional Lolita Ayala. Es verdad, una verdad sistémica. Pero a él sí le quedó de otra (la inventó y se la inventó; su propio “hilo de Ariadna”): si tenía que hacer malabares informativos, hizo de las entrevistas y las crónicas las más grandes y luminosas de sus antorchas. Y, con ellas, Jacobo Zabludovsky se convirtió en el testigo excepcional del siglo XX... Él, hace 24 horas, salió del laberinto. Nosotros seguimos ahí, extraviados las 24 horas del día.