Islamofobia
09 de Diciembre de 2015
Uno de los peligros, de los tantos, que tienen los discursos de odio, es que quienes se dejan influir por éstos, generalmente terminan por no cuestionar ni cuestionarse nada. Lo absorben, lo obedecen, lo convierten en un mantra oscuro que no acepta ningún signo de interrogación. Esa cerrazón provoca que se generen estigmas con respecto a cualquier circunstancia o evento que sea que haya dado origen al discurso mismo. Del Estado Islámico conocemos sus atrocidades y sus ganas por destruir lo que de este lado, en Occidente, se ha levantado como un entorno en donde caben muchas libertades y seguimos. Del Estado Islámico podemos decir, también, que están llenos de odio y rencor, y que han hecho con ellos un cúmulo de horrores que perjudica a esta parte del mundo de la que formamos parte. Pero jamás podríamos darnos el permiso de creer que todos quienes tengan un origen musulmán aprueban las acciones del EI.
Así como a cualquier mexicano le resultaría agresivo que se le asociara con un cártel del narcotráfico cuando se encuentra en el extranjero. Todos ellos —los criminales— y nosotros, nacidos en el mismo suelo, pero lo pisamos distinto, y no celebramos en lo absoluto la tanta sangre que se ha derramado en nuestras calles por la pugnas de poder de los cárteles del narco. Somos mexicanos, pero no somos todos parte del crimen. De la misma forma resulta injusto que se piense que cualquier persona que se identifique con la cultura musulmana, se crea que es terrorista.
Hace un par de semanas en Excélsior Televisión les contaba de una mezquita en Texas que fue vandalizada, atacada por estadunidenses en “represalia” por los ataques en París. En la puerta dejaron un ejemplar del Corán totalmente carbonizado acompañado de heces fecales. Mientras uno de los responsables de aquel templo daba una entrevista a un canal de televisión local, se le acercó un niñito de siete u ocho años de edad y le entregó todas las monedas de su alcancía y dijo que se lo daba para la reconstrucción de la mezquita. Vaya generosidad del pequeño, pero también vaya el hecho tan desconcertante. Y es que esa agresión fue apenas una muestra de cómo los atentados en París han desatado el virus del miedo que con rapidez se convierte en islamofobia. Y sucede en Europa y en Estados Unidos, pero igual ocurre en México. Ayer vimos cómo un par de hermanos de origen sirio pasaron un vía crucis a su ingreso a nuestro país, porque uno de ellos no pudo acreditar en el aeropuerto su estatus migratorio, es decir, la razón por la que llegó a tierras nacionales. Horas después ingresó, pero la reacción de los agentes migratorios respondió justo a esa paranoia que se vive en muchas partes del mundo. O los últimos discursos y lances de Donald Trump que rayan en el borde de lo inhumano.
Tras los acontecimientos del viernes 13 en Francia, miles de musulmanes en redes sociales comenzaron a utilizar el hashtag #NotInMyName, como una manera de hacer conciencia sobre el peligro de una generalidad respecto de cómo se relaciona al EI con la cultura musulmana. No todos los musulmanes son terroristas, y por lo que hemos sabido, tampoco todos los militantes del EI son de origen musulmán. ¡Cómo odiamos cuando en el mundo se piensa que todos los mexicanos somos narcotraficantes! Pues es lo mismo. Y ésa es una tarea que nos toca a todos aprender: el odio (como el crimen), aun cuando sea “odio organizado”, sólo representa a quien lo padece y lo ejerce para destruir y destruirse.
ADDENDUM. Qué buena noticia que Claudia Ruiz Massieu recibiera el galardón de Mujer del Año 2015. La celebración, concurridísima. Claro que ahí estaba toda su familia (incluido el expresidente Carlos Salinas), pero también personajes de primer orden, no sólo del gabinete, sino de casi todos los partidos políticos. O empresarios como don Olegario Vázquez Raña o Carlos Slim Helú. Bueno, hastaDenise Dresser, a quien me dio mucho gusto ver, justamente, dejando de lado cualquier fobia y brindando anteanoche por la homenajeada. Merecido reconocimiento para la canciller.
Excelsior



