Impuestos o ¿pago para que me peguen?

9 Septiembre 2013

Al momento de escribir estas líneas no se ha presentado aún el paquete económico y fiscal del gobierno federal, que continuaba cabildeándose con partidos y sectores empresariales. De lo que no cabe duda es que el mismo incluirá aumentos en el ISR de personas físicas y morales, que desaparecería el IETU, que habría cambios en la consolidación y que se podría aplicar un IVA generalizado que dejaría exentas una canasta básica de alimentos y las medicinas para atender males crónicos.

La consigna que ya ha dado a conocer el gobierno federal es que pagarán más los que más tienen, misma que en el papel y en los discursos suena muy bien, pero que también puede ser interpretada como que se seguirá presionando fiscalmente al causante cautivo sin hacer los correspondientes esfuerzos por incorporar a la formalidad a la mitad de la fuerza de trabajo en el país, y a cerca de una tercera parte de toda la economía, que trabaja en la informalidad.

Hay capítulos que son esenciales: uno de ellos es el IVA. No es popular; el propio PRI tenía prohibido hasta hace poco incluirlo en sus propuestas, pero es una medida imprescindible, pendiente desde hace ya muchos años, para poder ingresar recursos que de otra forma se pierden. Todos consumen y el que más consume más paga. Es un impuesto directo, que se aplica y recauda con facilidad y que permite tener un control fiscal muy eficiente. En todos los países la tendencia es utilizar el IVA como un instrumento clave de la recaudación. La existencia de una canasta básica de alimentos y medicinas exenta podría disminuir parte de sus deficiencias, para evitar una sobrecarga fiscal en el consumo en quienes menos tienen.

No todas las economías están aumentando el ISR. Algunos consideran que es más positivo en ocasiones reducirlo para fomentar el consumo, mientras éste es el que se grava en mayor medida. En nuestro caso, en un país con tantas desigualdades y una concentración del ingreso tan desequilibrada, pareciera necesario, sobre todo políticamente, imponer esa medida. Ahora bien, para que tenga sentido, no debería ser sólo un costo a pagar por las personas físicas o las pequeñas y medianas empresas mientras las muy grandes, están protegidas por distintos mecanismos fiscales. Habrá que ver en ese ámbito qué cambios se proponen.

De todas formas la pregunta es qué dará el Estado a cambio del indudable aumento masivo de impuestos que tendremos a partir de 2014. Porque lo que ahora sucede es que buena parte de esos recursos se van al gasto corriente, o sea a sueldos y prestaciones. Y el hecho es que el país necesita infraestructura, no sólo la de los grandes proyectos: la infraestructura que utilizamos cotidianamente en las grandes ciudades está en el límite de la catástrofe. Hablamos de los maestros como si allí residiera todo el problema de la educación y nos olvidamos que la infraestructura educativa del país es un desastre. Sabemos y qué bueno que así sea, que se está proponiendo un sistema de seguro único de salud para todos los mexicanos, pero lo cierto es que sin mayor y mucha más sensata distribución de la infraestructura médica y hospitalaria estará vigente el seguro pero no la capacidad de hacerlo valer. Y tendríamos que saber que sin estímulos a la inversión, la producción y el consumo privados ninguna economía funciona.

Los impuestos, sobre todo cuando se vuelven una carga pesada para la población, deben servir para que la gente tenga mejor y más accesible educación, mejor sistema de salud, mejor transporte. Si la gente además de pagar más impuestos debe pagar directa o indirectamente por recibir educación para sus hijos, debe tener sistemas de salud privados porque no tiene forma de que la atiendan con eficiencia y prontitud en el sistema público y cuando gasta horas y tiempo en un transporte que en ocasiones ni siquiera existe, no tiene estímulo alguno para pagar impuestos. Y eso en parte explica la enorme franja de nuestra economía que vive y trabaja en la informalidad.

Y allí está el desafío: primero en incorporar a la formalidad a todo ese sector, y segundo, en hacerlo a partir de estímulos positivos. Nuestro sistema tiene innumerables mecanismos de presión y sanción para quien no cumple con sus obligaciones fiscales, no tiene por el contrario ningún beneficio para quien sí lo hace. Vamos, no contamos ni con un mecanismo flexible y sencillo para pagar impuestos. Para muchos a la carga fiscal se debe sumar, indefectiblemente, el costo del apoyo administrativo para hacerlo, incluyendo a los más modestos trabajadores que cobran por servicios profesionales.

Está muy bien y es lógico que así sea, que el Estado busque mayores fortalezas para cumplir con sus compromisos, pero esa visión realista de las cosas se debe complementar con otro compromiso, el que se debe establecer con sus contribuyentes para darle algo a cambio de su aporte cotidiano.

Excelsior