Huir
21 Abril 2015
Huir de la tierra en la que se creció. De la tierra en la que desearíamos estar hasta el último día de nuestra vida. La misma que tantas generaciones han vuelto su casa sin importar las condiciones. Huir porque su olor ya no es el olor que despiden los fogones de las cocinas, sino el olor del fuego en las calles, el olor de la muerte en decenas de cuerpos alcanzados por las balas, el olor de la rabia, el olor del miedo...ése, tan penetrante, que nos hace arrancar el arraigo terreno que nos hace (o nos hacía) parte del mundo, de un pedacito del mismo con sus particularidades tantas. Jamás nadie tendría por qué huir de su lugar, menos aún cuando son circunstancias lejos del propio alcance las que obligan. Hace un par de años, Everardo González presentó un documental tituladoCuates de Australia: la vida de algunas familias en pleno desierto de Coahuila que se enfrentan a profundas sequías que los obligan a abandonar sus hogares hasta que concluye la complicada temporada. Y regresan. Siempre regresan porque ése es, en realidad, el único hogar que reconocen como propio. La tierra en la que nacemos y crecemos es la primera vértebra de la espina dorsal de nuestra existencia y nuestra identidad.
Huir, salir de casa y dejar en ella mucho más que los recuerdos. Pero una cosa es migrar porque la infertilidad de la tierra es la que te orilla y otra muy distinta cuando es la crueldad, la violencia, la sinrazón y la guerra de otros que dicen ser tus semejantes es la que destruye los rincones de tu casa. ¿Cuántos en México no se han visto obligados a huir porque el narcotráfico proyecta su sombra y llueve su sangre sobre poblados enteros? ¿Cuántos, de un lado y del otro, en Gaza? ¿Cuántos en Damasco, en Egipto, en Irak, en Ucrania? ¿Cuántos —y sobre todo cuántas—, en Nigeria? Porque hay algo que es todavía peor que el hambre (que siempre viene con la guerra), y es el terror de saber que cualquier cosa puede costarte la vida.
Ayer: un barco con cerca de 200 refugiados sirios se hundió cerca de la isla de Rodas, en Grecia. Fueron rescatadas 85 personas. En días previos, en Italia se rescató a 28 inmigrantes, también sirios. En Sicilia, otro barco naufragó transportando a 98 ciudadanos sirios, 33 de ellos niños. Pero la noche del sábado, otra embarcación con cerca de 950 migrantes se hundió en la costa cercana a Libia con todos aquellos que buscaron huir de África y su pobreza, pero sobre todo de sus persecuciones, sus guerras y toda su barbarie, para atracar en el sueño de Europa. Un sueño que consiste en recoger la basura o lavar los baños... pero cualquier cosa huele mejor que la muerte. Y aunque el mar tuvo compasión, un acto de clemencia con algunos de sus pasajeros, la mayoría tuvo el más paradójico de los destinos: huir de la tierra para escapar de la muerte y encontrarla en el océano de forma inevitable. Y es que, incluso, el aroma profundamente salado del peligro en alta mar y su posibilidad (casi promesa) de naufragio tiene, a pesar de todo, un olor menos agrio que el de la sangre de los tuyos en tu propia tierra...
Como la dolorosa historia en Siria que nos narraba Maruan Soto Antaki enNexos hace unas semanas: entre huir o intentar sobrevivir entre la violencia de un régimen atroz y unos combatientes tan atroces como el régimen al que combaten. Y es que la sola idea de la huida forzada por estas razones es una aberración en sí misma. Porque cuando huyes del horror generado por los que pertenecen a tu misma especie, un pedazo de ese horror irá pegado a ti, impidiendo —para siempre— que, aunque tengas suerte, logres escapar del todo. Y de eso, no hay forma de huir...
Addendum. Y si el país destino de tu huida es hostil, peor aún. Por eso es buena noticia que, derivado del Juicio de Amparo promovido por la Caravana Migrante encabezada por Alejandro Solalinde, el Juzgado Sexto de Oaxaca determinará conceder la suspensión provisional para que los migrantes no sean detenidos, expulsados o deportados a su país de origen, siempre y cuando acrediten su estancia legal dentro del país.



