Genealogía de lo inmoral

13 Febrero 2015

Aunque el título de esta entrega obviamente hace referencia a esa obra maestra de Nietzsche (Genealogía de la moral), y bien podría utilizar los tres tratados que la componen y sus conclusiones para hablar del mismo tema que aquí abordaré, requeriría de tres planas de este diario para hacerlo. Así que, en realidad, utilizo ahora el concepto de “genealogía” en su más elemental significado: el estudio de la línea genética de una persona, un grupo o una sociedad entera. Y tal genealogía en México (y en muchos países del sur de nuestro continente) pareciera de naturaleza lamentable y dolorosamente contaminada por al menos (y en serio digo “al menos”) un deplorable gen: el de la corrupción.

Leyendo la prensa, nacional e internacional, en estas últimas semanas, es inevitable no acordarme de la chispeante y genial hipótesis que la hoy doctora en negociación política y democracia, Mara Hernández hiciera cuando éramos jóvenes estudiantes: que no debíamos olvidar que por las venas de América Latina corría la sangre (y por lo tanto los genes) de todos los criminales españoles y portugueses que sacaron de las cárceles para apuntalar la conquista del nuevo continente.  Basta leer los encabezados de la prensa de esta región del mundo para temer que Mara estaba en lo correcto. Y también hoy lo está: por fortuna, una impecable construcción institucional garantiza mejores y mucho más éticos acuerdos políticos y sociales y, por lo tanto, realidades para los países. Como el caso de Australia, que padeciendo del mismo tipo de colonización, ha logrado “darle la vuelta” a la herencia genética y cultural de sus malhechores ancestros. Pero en México, en Argentina, en Brasil, en Venezuela y en todos los países que hoy atraviesan terribles escándalos de corrupción, parecemos los peores exponentes de nuestro árbol genealógico compuesto de sonrientes bandidos y estafadores (y eso por no hablar del gen azteca de brutales asesinos que en México también nos toca).

El reportaje presentado hace un par de días por The New York Times es nada más una muestra adicional de la impunidad y el descaro de varios miembros de una clase política a la que no le importan, en absoluto, las instituciones más que para servirse de ellas (y con la cuchara grande).José Murat, el exgobernador de uno de los estados más pobres del país, con varias propiedades de ultralujo en la Gran Manzana. Propiedades repartidas estratégicamente: sus hijos por aquí, su esposa por allá, la nuera por acullá, el cuñado no sé dónde, etcétera. Eso sin mencionar las que posee en Utah, para ir a esquiar, o en Miami para su bronceado, o en Texas para irse de shopping. Vergonzoso. Inaceptable. Insultante para Oaxaca en su pobreza y para México en su democracia. Y la justificación es que es un “infundio, una falsedad”. Claro, como el NYT cimenta su periodismo en la extorsión y la mentira. Y como Murat tiene una reputación impecable, a prueba de balas, como las de su autoatentado (o sea, no porque se lo haya montado él mismo, sino porque fue en contra de su auto, ni porque la PGR haya dicho más tarde que fueron sus propios escoltas los que dispararon por dentro y por fuera del mismo). Claro, seguramente se trata de una difamación del NYT sin ningún tipo de sustento.

Y del caso de la genealogía de Aguirre Rivero y su hasta ahora investigada parentela; o de los nombres que aparecieron con cuentas inexplicablemente millonarias en los haberes del HSBC domiciliadas en Suiza, o de tantos otros nombres y temas que hoy ocupan la triste agenda nacional, ya no alcanzamos a ocuparnos hoy, a falta de espacio. Baste pues, por ahora, con José Murat como ejemplar pura sangre de la saqueadora estirpe que corre por nuestras mestizas venas...

Claro, a toda esta horda de políticos “profesionales”, seguramente les encantaría concluir que la Genealogía de la moral de Nietzsche se refería a ellos como esos nobles guerreros que están “más allá del bien y del mal”, y que terminan siendo las víctimas de una venganza discursiva con la que los débiles sacerdotes voltearon la concepción moral del mundo... Y que tener varios pisos de lujo en Nueva York es prueba irrefutable de su verdadera “nobleza”: la del terrateniente que declara guerras para conservar intactas sus riquezas. Así de mal interpretarían la obra (si la leyeran). Estoy segura.