En el nuevo seminario han participado, además deValenzuela, diversos académicos mexicanos y comentaristas políticos. Otra vez han desfilado para hablar de temas relacionados con el presidencialismo mexicano. Hace seis años, gracias a una ley convocatoria que había empujado el entonces senador Manlio Fabio Beltrones, se convocó a una serie de mesas de análisis de lo mismo. Aprovechando una visita para recibir un doctorado honoris causa de la UNAM, Giovanni Sartori, quien opinó al respecto. Recupero lo que dijo el gran politólogo italiano porque sigue teniendo vigencia.
El teórico de la democracia afirmó que México había pasado de un “hiperpresidencialismo” a un “hipopresidencialismo”: la Presidencia era “demasiado poderosa por una tradición que los ingleses llaman ‘Constitución viva’ o Constitución ‘material’ (por encima de la Constitución formal). Pero si vemos el poder jurídico de esta Presidencia, realmente no queda mucho. Porque todo el sistema anterior estaba centrado en un Presidente que era designado por su antecesor, por dedazo, y por el hecho de que el PRI era el partido dominante. El PRI no sólo ya no es el partido dominante sino que el Presidente es un Presidente minoritario, no controla una mayoría en el Congreso. En el conjunto de los sistemas presidencialistas, él es más o menos igual de débil que el resto de los presidentes latinoamericanos”.
Con todo y Pacto por México, con todo y que el PRI ha regresado a la Presidencia, considero que el argumento del hipopresidencialismo mexicano sigue siendo cierto. El Presidente mexicano es débil en las facultades que le otorga la Constitución, ya sin las famosas reglas no escritas del sistema priista. De ahí que Sartori haya recomendado aumentar los poderes formales del Ejecutivo en una posible reforma del Estado.
Ahora bien, el autor de Ingeniería constitucional comparada también se pronunció a favor de la segunda vuelta electoral y de la reelección de los legisladores: “Con representantes populares que duran tres años en ese cargo no se tendrá un parlamento serio”; además, los legisladores deben ser recompensados “cuando cumplan bien su función y castigados cuando no la realicen”. En suma, para Sartori, la reforma del Estado debe procurar un Congreso “más educado” y un Presidente “más importante”.
Sin embargo, el florentino se mostró escéptico con la ley para la reforma del Estado, la que había promovidoBeltrones, que ordenaba los plazos y la discusión para que se realizara este ejercicio en un periodo de un año. En tono burlón, como es su característica, dijo que México se haría acreedor a una medalla olímpica si lograra concretar esta reforma en 12 meses. Admitió que después de estos años durmientes sentía una gran agitación, pero afirmó que no veía las condiciones políticas para sacar adelante un proyecto tan ambicioso.
Salió Beltrones, en ese momento presidente del Senado, a refutar al politólogo. Se dijo más optimista que Sartori, “a lo mejor por la edad”. Informó que veía a los partidos convencidos por hacer algo para mejorar la gobernabilidad, sobre todo en el tema electoral. Y lanzó un reto: “Ojalá tengamos la fortuna de contar con su presencia nuevamente [la de Sartori], podríamos conversar si sus expectativas se cumplieron o las nuestras se realizaron”.
A la distancia tuvo razón Sartori. Lo único que salió en 2007 fue una reforma electoral (bastante deficiente, por cierto). Ahora los nuevos senadores están convocando a una reforma del Estado de una envergadura aún mayor que la que se discutía hace seis años. En ese entonces le di la razón a Sartori y sigo siendo escéptico acerca de una verdadera reforma política en México. ¿Por qué? Porque, igualito que en 2007, cada partido tratará de proteger sus intereses en el corto plazo y no la gobernabilidad del país. En este sentido, en la medida en que los intereses partidistas choquen, nos encontraremos con otra parálisis más esta materia.
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