Cuando las almas se van al más allá
9 Abril 2017
Sección: Historias de Ultratumba de Tampico
Cuando las almas se van al más allá
Por Vanessa Gutiérrez/Ordenador
Martha y don Enrique dieron su último aliento hace varios años en hospitales de Tampico, pero quienes vieron los últimos segundos de su despedida quedaron marcados para el resto de su existencia.
Nacer y morir inevitablemente es un principio y un fin que se cumplirá algún día dentro de un periodo máximo de 100 años más o menos, y es quizá la etapa final la que más angustias puede conllevar sobre todo cuando son los familiares quienes ven la última presencia de sus queridos en vida, en el momento que dan el paso al más allá.
Estas son dos historias que acontecieron en Tampico cuando los convalecientes se hallaban en hospitales de la localidad, y se deben ver como experiencias cotidianas seguramente, pero que pocas veces afloran por el dolor que significan para las personas que las vivieron. Pero es parte de un ciclo insondable. Que trae muchas preguntas y pocas respuestas. ¿A dónde se va nuestra alma al momento de morir?, ¿nos reunimos con nuestros seres queridos al momento de fallecer?, ¿nos acompañan en el camino al más allá?, y creo que esta es una pregunta sin respuesta clara ¿qué ven nuestros familiares a segundos de morir?
Martha contrajo una enfermedad cerca de los 60 años. Estuvo convaleciente unos seis meses en casa y dos meses más en el hospital, donde prácticamente vivió sus últimos momentos, pues ya no fue posible que estuviera libre de un equipo que le ayudara a respirar. Martha tenía normalmente la visita de sus tres hermanas que la cuidadaban y la acompañaban sin despegarse de ella. Como era la mayor, era una consanguínea que las había cuidado ante la falta de su madre de manera temprana. Por eso, a las 3 de la mañana Lucy se despertó sobresaltada, pues escuchaba a Martha platicar con alguien. "¿Con quién hablas, Martha?", fue la pregunta que deslizó nerviosamente Lucy. La respuesta no esperada llegó en el acto. "Con mamá, aquí está, viene por mí", respondió Lucy echando la mirada hacia una parte del cuarto. Enseguida se durmió. En la mañana se llamó al padre Juan, amigo de la familia ante lo que se creía estar ante lo inevitable. A las 11 de la noche cinco días después de esa experiencia Lucy falleció.
Don Enrique fue un hombre relativamente sano a excepción de que fumaba como un tren de vapor. Quizá ese hábito le afectó mucho cuando fue intervenido en un hospital de Tampico por un problema hepático. No pensaban los médicos que se pudiera complicar su rehabilitación, pero surgieron problemas en un pulmón y en el corazón. Estuvo convaleciente unos tres meses y medio. No hubo sufrimiento alguno, sólo guardó reposo, al considerar los médicos que si progresaba positivamente en unos dos meses más podría salir de la cama.
Don Quique también tuvo cuidados de sus hijos. Estuvieron hasta el final de sus días. Fueron momentos cruciales que sólo uno de ellos narra ahora como experiencia vívida. "¡Hijo, hijo!", se oyó decir a don Enrique a eso de las 4 de la mañana. "Sí, pa', aquí estoy, aquí estoy". "¡Abrázame hijo, ya me voy a morir!". En el acto, en el mismo momento que ese abrazo se registró entre ambos, don Enrique murió.



