Con olor a pólvora
17 Junio 2016
Con olor a pólvora
De línea a línea/Martín Sánchez Treviño
El escenario de violencia en el que se han crecido las
nuevas generaciones de niños, adolecentes y jóvenes, en los últimos 10 años, es
motivo de preocupación de padres de familia y profesores, principalmente,
porque el hogar y los planteles escolares es donde se han sitiado los seres que
habitarán este territorio finales de este siglo.
Se trata de generaciones que están viendo pasar su niñez,
juventud y su adolecencia desde las rejas de la escuela, que por la violencia
propia de esta época, los directivos del plante decidieron elevaron la altura
del barandal. O la barda, sin importar si conserva o rompe con el estilo
arquitectónico original.
Lo que importa es resguardar, proteger a las generaciones
de la violencia, que lo mismo padecen en el campo y la ciudad, en el palacio
que en la clase de gimnasia o el juego deportivo. El fraccionamiento, el
trabajo, el barrio o la colonia.
Quienes gozan de recursos han enviado sus hijos al
extranjero, incluso les han recomendado que preferible y hagan su vida fuera de
esta capital, donde no cejan los secuestros. El aroma a pólvora se convirtió
desde hace 10 años en el olor cotidiano
de pueblos y ciudades.
Los niños de hoy identifican el olor de la pólvora y aún
cuando hablan del tema, detrás de la admiración y simpatía se esconce el dolor
del pariente extraviado, del vecino de pupitre que no ceja de llorar la
ausencia de su madre, de su hermano, de su abuelo.
Desde el cristal, desde la reja, detrás de la barda,
construye su historia. Vive en alerta. Como el centinela que no debe dormir o
el soldado o el policías que empuña una y otra vez el arma, desde la camioneta
donde vigila, donde patrulla.
Pero para esas generaciones está ausente un proyecto
educativo. A los diputados les importa un bledo, si cientos de las miles de
escuelas de educación básica fueron cerradas porque las maestras
desaparecieron. O porque el supervisor considero pertinente cambiaros de
adscripción.
Similar es la postura de los directivos de la educación básica
y media superior, en el orden federal, estatal, municipal o local. Poco o nada
les importa, si los escolapios llegaron al plantel de un pueblo vecino, como
acontece en la última década, exiliados por la violencia. Que desde entonces
los tiene en estado de alerta
Y qué decir de los alumnos sin tutores, propio de esta
época violenta, en escuelas de todos los niveles sociales, de zonas
económicamente bien, regular, o de alta marginalidad, como le llaman a la
pobreza extrema los estudiosos del subdesarrollo social.
O los alumnos provenientes de poblados que quedaron vacios,
porque su habitantes migraron a los pueblos cercanos con mayor densidad
poblacional y es donde no encontraron prosperidad, pero al menos han
sobrevivido al mal del siglo, como es la violencia.
Y todavía con aquel cinismo, ”Los Nuños” del peñismo y
sus cómplices, tienen la irreverencia de someter a una evaluación amañada al
maestro, que dejó el pellejo colgado de la barda de la escuela, de donde
escapó, porque ese día iban por él para darle “tramite” y resulta que después
se confirmó que habría sido confundido.
El conflicto existencial de los adultos, es hoy por hoy,
qué heredaran a sus hijos? Quienes desde la reja, el cristal o el cercado de
acero, ven pasar la mejor etapa de la vida.
No quiero que mis hijas pasen su juventud viendo la vida desde la ventana. Revelo un ciudadano victorense a este escribiente.



