Change.org, el negocio
16 Abril 2015
Las redes sociales son un gran vehículo para la transmisión de información (y de la desinformación también, ni modo). Nadie duda de su alcance. Será acaso que lo único que tenemos pendiente con respecto a éstas sea, aún, el uso que se haga de ellas. Y no me refiero a que deba existir una regulación o un marco legal que se pueda convertir en la peligrosa pauta para la censura en las redes sociales. No me refiero, pues, al ejercicio de libertad con el que cada usuario decide involucrarse en ellas; hablo, más bien, del entendimiento de los verdaderos (o ficticios) alcances de su poder y su papel en una sociedad.
En esta ocasión, no hablaré de Facebook o Twitter. Me referiré a otra, una muy particular que, si bien no es una red social propiamente, sí es una plataforma que va de la mano de las anteriores, pues, a través de ellas, encuentra su ventana para la viralización. Change.org es una herramienta que en todo el mundo se utiliza para recabar firmas a favor (o en contra) del tema que al usuario le plazca. Lo mismo para visibilizar y sensibilizar sobre problemáticas sociales determinadas, que para pedir apoyo en temas que para algunos son de vida o muerte, como evitar la repatriación a su país de origen de una estrella del pop como Justin Bieber, tras infringir la ley en EU (y algunos ejemplos incluso de peticiones tanto o más delirantes que se suben cada semana a esa misma plataforma). A veces son regionales, otras de orden global.
Seguramente, en las últimas semanas, usted ha escuchado (o leído) mucho sobre esta plataforma. Sin embargo, el papel que se le ha atribuido a change.org, como la quintaesencia virtual de la democracia participativa, dista mucho, muchísimo, de ser aquello que en realidad es y cómo funciona realmente. No es el ágora griega en la red: change.org es un negocio. Sí: ne-go-cio. Y quiere tu dinero, igual que lo quieren McDonalds, Marlboro o Candy Crush... Y la oportunidad comercial radica, por igual, en tus necesidades vecinales, tus convicciones políticas, tus fanatismos, tus prejuicios, o hasta en tus amores platónicos: a la plataforma le tienen sin pendiente tus filias o tus fobias, siempre y cuando pueda convertirlas en dinero. Mientras les pagues lo que piden, ellos te ayudarán a juntar las firmas que necesitas, así sea para presionar a tu alcalde a tapar los baches de tu ciudad, o para pedir que Irán tire su primera bomba nuclear —en Venezuela o en casa de tu suegra—. Y si quieres juntar firmas para que Michael Jackson resucite, mientras pagues por ellas, todo en orden.
Este sitio web fue creado en 2007 por Ben Rattray. Estratégicamente conformado como una sociedad limitada —aunque, caso curioso, se trata de un “.org” y no de un “.com”, como tendría que ser cualquier sociedad que tiene fines de lucro— asentada en Delaware, uno de los tres estados de EU (junto con Wyoming y Nevada) en los que a este tipo de sociedades se les concede la exención de impuestos. Pero claro que lucran: Change.org factura anualmente hasta 15 millones de dólares, como ocurrió en 2012. ¿Y de dónde viene ese dinero? Una pequeña parte de las donaciones son realizadas por instituciones respetables, como Amnistía Internacional; otro enorme porcentaje de las cuotas que el sitio recauda es cuando te cobra si quieres “difundir” tu causa entre más usuarios que te ayuden a engordar el número de firmas recabadas: desde 10 dólares por mostrarle tu petición a 46 usuarios, hasta 100 dólares para que la reciban 464 potenciales firmantes (que pueden firmar para “quitarle el registro” al PVEM, aunque radiquen en Kazajistán y no tengan ni idea de qué demonios es el Partido Verde o, en una de ésas, no sepan ni siquiera dónde queda México).
Seguramente usted, si es un asiduo usuario de internet, se habrá topado más de una vez con invitaciones para sumarse a alguna causa en particular alojadas en el dominio change.org. Y no es que sean causas impresentables (algunas sí, pero no la mayoría). Por el contrario, si le damos el lugar que le corresponde a este tipo de estrategias, logran lo que pocas veces se puede, cuando el tiempo apremia: visibilizar causas y demandas importantes para un número determinado de personas. Pero éstas no se convierten en una herramienta legal o institucional, al menos no en nuestro país. En todo caso, de lobby ciudadano, pero hasta ahí. Sobre todo cuando, a falta del rigor que en las redes es casi imposible, las firmas pueden provenir de personas inexistentes, o de una existente que puede votar en incontables ocasiones, si tiene la perspicacia de abrir cuantas cuentas quiera.
Change.org es una plataforma útil, desde luego, aunque su mérito radica más bien en la visibilización de determinadas causas, pero no en la posiblidad de convertirse en herramienta mandatoria de las democracias. Es un negocio para sus creadores y, además, un negociazo. Que de la misma forma logró (para gozo de sus fans) que Justin Bieber siguiera emborrachándose en gringolandia, también ha hecho del “activismo de escritorio”, una de sus más potentes fuentes de ingresos. A la plataforma le da lo mismo si pagas para juntar firmas pidiendo que Carmen Aristegui vuelva al aire, que si desembolsas para empujar una ley que castigue con castración lenta —y sin anestesia— a los homosexuales o con pena de muerte a los americanistas... Mientras la “causa” tenga seguidores dispuestos a invertir parte de su quincena en promoverlas, la naturaleza de la causa es lo de menos... Por lo menos para Change.org



