Capos de segunda generación

14 Noviemre 2014

“Haber nacido en el hogar de grandes capos del narcotráfico marcó el derrotero de mi vida. La familia no se escoge, se dice, pero hoy, a mis 48 años, puedo afirmar que sí, y también, que soy el único responsable de lo que me haya pasado o me pase en un futuro (...) Un reino hecho de papel y que en su momento hizo que descubriera en mí lo que la mayoría de los seres humanos tenemos escondido: profundos deseos de poder y dominio. Fui, por mis lazos sanguíneos, beneficiario de un negocio que aun hoy en día no tiene solución. Es cierto que mientras haya consumo de sicotrópicos habrá quien los produzca y los venda, con consecuencias colaterales como violencia, tráfico de armas y desarrollo de organizaciones con estructuras mafiosas que se valen de la coerción, la amenaza, la compra de conciencias para mantenerse en el negocio, razón por la cual la solución se ve lejana.”

Lo anterior lo escribe William Rodríguez Abadía en su libroYo soy el hijo del cártel de Cali (Ed. Aguilar, 2014), aquella organización criminal colombiana que enfrentó a la de Pablo Escobar. Su padre, Miguel, y su tío, Gilberto Rodríguez Orejuela la dirigían. William se convirtió en cabecilla de este grupo hasta que ya no pudo más. Entre tanto escapar, finalmente se rindió en 2006. Pasó cinco años en prisión y a su salida se esfumó. Nadie supo su paradero sino hasta hace unos meses que sale publicado este libro. Su historia como el heredero de una de las organizaciones criminales más peligrosas de Colombia.

Y recupero esto, desde luego, porque la coyuntura nacional no está tan alejada de aquella del país que hoy preside Juan Manuel Santos, aunque más bien me refiero a la Colombia de los años 80 y 90. Aquí hemos hablado de lo mucho que nuestro país comparte con aquella nación sudamericana desde hace dos décadas, estamos cayendo en el mismo pozo y ojalá que no tengamos que tocar fondo para comenzar la escalada que nos saque de él. Debemos pensar que todo aquello que el narcotráfico ha generado no se queda sólo en los países productores de droga, como México —o como lo fue— y sigue siendo aunque en menor escala Colombia, sino que va lastimando todo al paso de sus tentáculos, a todo territorio a donde le abren apenas un poco el paso. Así creció el problema colombiano y todos sabemos hasta dónde llegó.

Ayer, se anunció la detención de El Mayito GordoIsmael Zambada Imperial, heredero de Joaquín El Chapo Guzmán, capturado en la ciudad de Culiacán, Sinaloa. No es el primer capo de segunda generación que termina en manos de las autoridades. Y no será el último. Ya se había hablado también de la presencia de otros personajes como Dámaso López Serrano, alías El Mini Lic, quien fuera líder de Los Ántrax. Aunque también suena Iván Archivaldo Guzmán, uno de los nueve hijos de El Chapo, éste producto de su primer matrimonio. Y no son ellos dos, bueno, ahí tenemos el antecedente de los nueve hijos de quien fuera el líder del cártel de Sinaloa. Y si tampoco son ellos, seguro habrá más candidatos.

Es lo terrible del narco, que se saben estructuras sólidas (sic), por eso las detenciones de grandes cabezas no han logrado ser golpes significativos al interior de sus organigramas. Y es algo que no hemos comprendido, no sólo es atrapar al líder en turno, no sólo es realizar acopios de armas y droga. Las redes del narco lograron crecer por su facilidad para hacer también crecer su capacidad de filtración dentro de los organigramas de varias estructuras de gobierno. De la misma forma en que al caer una cabeza, llega otra. Y esto pudieron hacerlo, porque tienen a su favor a aquel poderoso caballero, el dinero. Así lograron poner de rodillas a comunidades enteras y de su lado a cuanta autoridad se le puso enfrente; aunque en el peor de los casos, lograron borrar del mapa al enemigo: secuestrando, torturando y asesinando.

Hace un par de días, el papa Francisco hablaba de la “dramática realidad”, así lo dijo, y la criminalidad como eje de la triste coyuntura mexicana. Por supuesto, en su papel de líder religioso —y social— mostró solidaridad para con las familias de los 43 estudiantes que nos insisten sean considerados desaparecidos. Pero lo que me resulta curioso es justo lo primero, aquello del narcotráfico como responsable de todo lo que vivimos. Y hablar del narco, no sólo es hablar de El ChapoEl MayoEl Mayito o El Mini Lic. El problema del narcotráfico va mucho más allá de lo que significan un par de nombres. Porque por eso es que he insistido tanto en ampliar el espectro del debate cuando hablamos del narco y crimen organizado.

No hay que equivocarnos al señalar al enemigo. No debemos perdernos en el debate. Todo lo que Iguala nos ha arrojado nos da para hacer un listado con una cantidad infame de terribles consecuencias, pero todas ellas vienen de un mismo punto: el narcotráfico. Caer en la trampa de señalar colores partidistas como únicos responsables, es limitarnos muchísimo para entender la dimensión del problema mayor de nuestro país. Todo converge en ese tan atroz negocio, tan atroz como lo son sus crímenes y también, tan atroz como es siempre el desenlace para todos los criminales: “¡El crimen no paga!”, dice el mismo Rodríguez Abadía al final de su libro. Y él sabe de lo que habla.