Broken promises for broken hearts
28 Agosto 2017
Broken promises for broken hearts
Deysi
Sánchez
Lágrimas, gritos, maldiciones, golpes, odio, depresión, disculpas,
sexo de reconciliación, nuevas oportunidades. Lágrimas, gritos…
Éste es el círculo vicioso de muchos romances, amores de: “No puedo
vivir contigo ni sin ti”. “Sin ti me muero pero cuando estamos juntos me
matas”. De ésta y muchas otras formas se
expresan estos amantes que van secándose entre sí, como sanguijuelas van
chupándose la sangre. Amores vampíricos, que no pueden vivir sin hacerse daño.
Dañándose ellos y haciendo daño colateral a todos lo que están de alguna manera
vinculados con la relación.
Los dos afirman amarse, quererse hasta la muerte. Se juran amor
cuando ninguno de ellos siente amor por sí mismo. Relaciones que están atadas al
fracaso, a la destrucción masiva. Algunos se casan, algunos se dejan, algunos
se matan, literalmente.
Jurar amor es una cosa sencilla, de hecho cualquier juramento lo es,
lo difícil es tener la disposición de cumplir dicho juramento. Jurar es
sencillo, amar no. La implicación de olvidar el egoísmo y dar por partes
iguales a una pareja, dividir tu tiempo, tu comida, tu salario, son algunas de
las cosas que no todos están dispuestos a hacer.
A veces, por el contrario, entregas demasiado sin recibir nada. No
existe esa reciprocidad. Y cuando él/ella se va, sientes que hiciste lo mejor,
hasta que te quedas sin apetito y lloras sin parar por las noches cuando nadie
te ve, o cuando te vas a “divertir” con tus amigos, tomas hasta reventar y
terminas llorando y cantando en un karaoke cualquier canción de José José: “…no
me importa lo que seas, no me importa tu pasado, vuelve, te lo pido, porque
estoy desesperado, decidido a aceptar lo que sea, tú has ganado…”
Y no sólo canciones de José José, sino otro tipo de canciones de dolidos.
Y después de todo el ridículo, viene la tan esperada llamada pidiendo perdón,
prometiendo que vas a cambiar, que estos días han sido un infierno por no estar
juntos.
La reconciliación siempre viene con una gran dosis de sexo, muchos
afirman que es la mejor parte de las reconciliaciones. Al otro día todo son
abrazos, besos y complacencias. Hasta que aparece otro nuevo pretexto para
volver a insultarse, a gritar tan fuerte que todos los vecinos se percatan de
lo que sucede. Al otro día no es raro verla a ella con el ojo morado y a él con
el rostro arañado, agarrados de la mano yendo al súper.
Nadie dice nada, así es su relación, alguna vez el vecino de a lado
intervino para defenderla y ella lo abofeteó, porque no era su asunto. Sus
padres odian a la pareja de su hijo y los hermanos no se meten porque acabaron
en golpes con su cuñado y de cualquier forma ellos no se dejan de buscar y
regresar una y otra vez.
Así hasta que llegaron las demandas, los asuntos legales. Órdenes de
restricción, se alejaron. A ella se la llevaron a otra ciudad y los vínculos
fueron despareciendo. Él consiguió una
nueva pareja, el patrón no se repitió. Los dos se casaron, ella con un hombre
que le presentó su padre, el hijo de un amigo de buena familia. Él con una compañera
de trabajo.
Pasaron 11 años y se volvieron a encontrar. Ironía de la vida, iban
solos, en el centro de su ciudad natal. Pasaron de largo sin verse, caminaron
un par de metros y voltearon, se miraron a los ojos y sonrieron. Siguieron
caminando.
Dos horas después se encontraban en el bar de un hotel, platicando
entre copas de whiskey y humo de cigarro. Sonreían y callaban por minutos
enteros, sólo se veían y parecía que en cualquier momento ella soltaría a
llorar. Como era de esperarse el alcohol dio paso a lo demás.
Eran las 9 pm y los dos enredados entre sabanas recordaban el
pasado. Los golpes, las discusiones, la obsesión que los mantuvo unidos durante
5 años. Él se apresuró a vestirse, esta vez el sexo no era de reconciliación,
el círculo estaba roto. Si estaban ahí fue por una promesa, la única que
decidieron cumplir.
-Prométeme que el 11 de febrero del 2015, nos volveremos a ver en el
centro de la ciudad, en aquel hotel. ¡Jurámelo! –Dijo cuando policías lo
llevaban detenido.
-¡Te lo juro, estaré ahí!- Mientras su papá la metía a la fuerza al
carro.
Esta vez ya no habría más lágrimas, ni gritos, ni maldiciones, no
habría tampoco una nueva oportunidad.
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