Autoestima mexicana
26 Marzo 2015
Nuestra paranoia nacional es el resultado de una muy baja autoestima. Y digo la nuestra, porque hay otros países paranoicos (Estados Unidos, claro ejemplo) cuya autoestima colectiva es elevada. La nuestra deriva de esa victimización que parecemos transportar vía el ADN, ésa que ha nacido y ha sido retroalimentada por una idiosincrasia que nadie ha logrado describir con la exactitud de Octavio Paz: “(El mexicano) atraviesa la vida como desollado: todo puede herirle (...) El mundo colonial ha desaparecido pero no el temor, la desconfianza y el recelo”, escribió en el Laberinto de la soledad. Palabras que hoy en día confirman nuestro más profundo pathos mexicano: no sabemos concebirnos a nosotros mismos más que a través de nuestras múltiples máscaras, nuestra eterna simulación. ¿Y quién es aquél que opta por las máscaras? Quien no quiere mostrarse a sí mismo. ¿Y quién no quiere mostrarse a sí mismo? El que no se gusta, el que no se ama, el que no se acepta. Y como es incapaz de hacerse esa dolorosa autoconfesión, termina por regresar a su temor, su desconfianza y su recelo originales: termina por señalar al otro como el gran culpable de sus propios pesares. Y por depositar también en el otro (pero “otro”, que no el otro como culpable, sino el otro como salvador) la responsabilidad de resolver los males que le aquejan. Es la estrategia perfecta para evadir (y dejar eternamente irresueltas) nuestras múltiples carencias: tú eres culpable de mis males, y tú (otro tú) estás obligado a resolverlos. Yo no soy responsable de mis fallos y soy un ente incapaz de repararlos (autoestima bajo cero).
Hace un par de semanas participé en la última edición del Value Investing Forum 2015; ahí escuchamos las palabras de uno de los líderes más importantes a nivel global. Salim Ismail, quien fuera CEO de Yahoo a nivel global, hoy director ejecutivo de Singularity University. Las palabras que dirigió a los asistentes en su participación van justo en ese tenor del que hablé en el párrafo anterior: “México tendría la oportunidad de poder dirigir al mundo, pero no tienen una actitud positiva para dar ese paso. Su impedimento mayor es que no creen que pueden hacerlo...”. Puso de ejemplo la actitud con la que se realiza cualquier proyecto en el Silicon Valley: ahí, en donde se han gestado las más importantes industrias y las más relevantes plataformas de los últimos años, la gente no se da por vencida al primero, segundo o tercer fracaso. No culpa a nadie y no depende de nadie para intentarlo de nuevo. Pero los mexicanos tampoco soportamos que otros mexicanos lo intenten (y lo consigan). Parecería que no queremos que ninguno triunfe por el simple hecho de que nos despoja de nuestra derrotista zona de confort.
A propósito de eso, la columna de ayer de Enrique Quintanaen El Financiero titulada “Nos ven como ‘estrella ascendente’”, nos dice que en un estudio de The Boston Consulting Group (BCG) califican a México y a Estados Unidos como “estrellas ascendentes” de la competitividad manufacturera. Y no se trata de la opinión de una institución académica que lanza sus impresiones respecto a cómo ve las cosas, nos dice Quintana. BCG tiene más de 80 oficinas en 45 países y una antigüedad de 52 años. Se trata de uno de los consultores por los que optan las grandes empresas cuando se trata de analizar el mejor destino para las inversiones. México, en ese sentido, sigue siendo terreno atractivo para la inversión, a pesar de una coyuntura que parece rebasar toda oportunidad de prosperidad. Nadie hace a un lado los problemas y las fallas, pero justo ahí es donde debemos enfocar nuestra atención: en todo aquello que hacemos bien. Y se preguntaba Quintana: si al exterior nos ven con buenos ojos, “¿Entonces, por qué no nos vemos como la ‘estrella ascendente’ que otros identifican?”. ¿Por qué nos cuesta tanto vernos al espejo y reconocer, no sólo nuestros defectos, sino también todas las cualidades que tenemos como país?
Acaso, de entrada (y lo he escrito hasta el cansancio) porque ni siquiera sabemos llamar a las cosas por su nombre. Porque eso implica decir y decirnos la verdad, y en este país hay un rechazo a la Verdad (con mayúscula) y una no tan secreta debilidad por la mentira. Desde el más poderoso hasta el más desprotegido, mienten y se mienten como único lenguaje compartido.
Addendum. “La cancillería estuvo presente en todo momento, desde el inicio de la investigación, el proceso de contactar a la familia. Estará presente en las pesquisas y en los trabajos que las familias requieran en la repatriación de los restos. A diferencia de Túnez, en donde lo que sucedió terminó bien para los mexicanos, aquí tenemos dos muertes que lamentar, además de la muerte de un español casado con una mexicana. En todos los casos, en los tres, habrá presencia consular. Una especial mención es que tanto en el caso de Túnez como en el que ahora nos ocupa, el papel que juegan los cónsules honorarios; es gente que escoge servir a México, que dedica su tiempo en beneficio del país (...). En lo particular, nuestro cónsul honorario en Barcelonette, Jean Chabre, ha estado pendiente y está ahí listo para atender a las familias de las mexicanas que lamentablemente fallecieron...”, me aseguró el canciller José Antonio Meade, en la entrevista que le hice ayer en Reporte 98.5. Esperamos que la recuperación e identificación de los cuerpos dé a los familiares la oportunidad de despedirlas pronto, que para ellos no se prolongue mucho más esta inesperada y desgarradora tragedia.



