Aurelio y las niñas
15 Marzo 2016
“¿De qué sirve que las niñas superen tantos obstáculos para asistir a la escuela si no aprenden nada?”, escribió Malala Yousafzai en un artículo publicado en el marco del Día Internacional de la Infancia hace unos meses. Un tema del que ella sabe de primera mano, pues ha contribuido para visualizar las condiciones de cómo viven millones de niñas; que en su caso fue una paradoja, pues así como le valió el Nobel de la Paz, antes de eso estuvo a punto de costarle la vida. El asunto es complicado: la falta de oportunidades para las mujeres, desde que son niñas; ellas deben acceder a la educación como un derecho. Y un derecho cuyo alcance va mucho más allá del pupitre y el salón de clases, porque se convierte en una pieza fundamental para la construcción no sólo del propio futuro, sino en enormes beneficios para la sociedad en la que viven.
Hoy, que millones de niñas en el mundo logren o no terminar la educación básica es una lucha que tiene que ver con la equidad y el género, pero sólo en principio. Porque es un asunto multifactorial, pues para muchos, las mujeres tienen como único destino ser amas de casa, o empleadas de medio tiempo. Una realidad que no ayuda en nada al desarrollo de las comunidades que esperan más mentes y manos que trabajen por y para ellas. He referido aquí sobre esa mitad de la población mundial que no está aprovechada en su totalidad, la historia nos ha demostrado cómo hemos contribuido al progreso. El siglo pasado, cuando se comenzaron a reconocer nuestros derechos, a los que el sexo masculino siempre ha tenido acceso, la transformación de la sociedad aceleró su paso a una velocidad nunca antes conocida. Pero todavía persisten brechas. La salarial, la de participación política, la inclusión empresarial. Que han ido cediendo, pero todavía presentan resistencias. Resistencias que se irán rompiendo conforme sean más y más las mujeres que continúen con sus estudios. Y, ayer, decía Aurelio Nuño, secretario de Educación, que el país ha dado pasos importantes en esta materia: más alumnas que no desertan de la primaria, más mujeres dando clases. Pero hay temas pendientes, dijo: la elección de carrera sigue siendo un tema en donde se cuestiona a una mujer que quiera ser ingeniera, por citar uno de tantos casos.
Según el Informe de Seguimiento de la UNESCO, 60% de los países de AL, ha logrado paridad entre niñas y niños en educación primaria; y eso tiene importantes implicaciones. A mayor nivel educativo de las niñas y las mujeres, infinitamente menores los riesgos en salud pública, como embarazos no deseados en adolescentes, importantísima disminución en mortandad materna y/o infantil, considerable aumento en la productividad y capacidad de innovación en las comunidades, disminución de los índices de violencia no sólo doméstica sino general. Y un largo etcétera de beneficios. Invertir en la educación de las niñas, es invertir en la radical mejora de nuestras sociedades. En potenciar la capacidad de desarrollo y crecimiento económico de las mismas.
Hace unos años, Leila Guerriero escribió una crónica sobre las condiciones en que Zimbabue vive un problema de salud pública como lo es el VIH. Ahí, según narró, muchos creen que el contagio del virus se evita con la circuncisión y no con el uso de condón o peor, que desaparece teniendo relaciones sexuales con un niño o niña virgen. ¡Cuánta ignorancia hace falta erradicar! México no es Zimbabue, pero aquí tenemos nuestras propias cargas de prejuicio en muchos temas. Prejuicios que también son nocivos y que sólo podrán erradicarse en la medida que más niñas y mujeres se preparen más. Para eso sirve la educación. Esperemos que el siguiente paso de la Reforma Educativa ponga particular énfasis en que ésta también servirá para que las niñas mexicanas se conviertan en un mucho más poderoso motor de transformación para este México que tanto amamos; sus hombres sí, pero también sus mujeres. Para que seamos, por fin, una sociedad al 100 por ciento.
Excelsior



