Aspiraciones rotas
Cuando nos enteramos de lo sucedido en Ciudad Juárez, el terrible episodio en el que murieron los integrantes de una familia, de nuevo nos preguntamos qué pasa con México. Tristemente no es el primer hecho que se da en tal contexto. Donde no sólo adultos, sino también los niños son las víctimas inocentes de coyunturas que se han salido de las manos.
Qué pasa con México que ha sido tan difícil la construcción de modelos de identidad. Las circunstancias que hemos atravesado en los últimos años, han dejado para la posteridad personajes que lejos están de convertirse en ejemplos para las nuevas generaciones.
Con cada ejemplo, uno tras otro, se nos enseña que se premia la impunidad. Ahí está la CNTE, la Coordinadora que llegó al Distrito Federal bajo pretexto de su lucha contra la reforma educativa, pero en realidad es más para seguir con su estilo de vida. Estrangular a la educación de los estados donde tiene presencia, para la obtención de plazas y presupuesto que les aseguren recursos para sobrevivir. Qué importa que no haya clases, su quincena ha llegado sin pretextos.
Pero no sólo es el caso de la CNTE, es también el de tantos personajes más. Funcionarios, líderes sindicales o delincuentes confesos, para los que la justicia funciona en beneficio: por error de otros o por propia astucia.
Cuando en 2010 conocíamos el caso de El Ponchis, el joven que en aquel entonces tenía apenas 14 años. En los días que le siguieron a su detención fue considerado el sicario más joven de la historia. Ocupó los titulares de medios de comunicación de todo el mundo. Su caso no era para menos: confesó haber realizado cuatro asesinatos y de haber participado al menos en 300. Con sus propias manos degolló a sus víctimas. Recibía un salario de dos mil 500 pesos por semana que venían de las arcas del cártel de Pacífico.
La Procuraduría General de la República se enfrentó, gracias al caso de Edgar, el verdadero nombre de El Ponchis, en una gran disyuntiva: tenía a un criminal sanguinario confeso en sus manos, pero que por su corta edad, no podría ser juzgado con leyes que castiguen la atrocidad de sus actos. Quedó sujeto a las leyes que castigan a jóvenes infractores.
El próximo 3 de diciembre, según lo anunció el Tribunal Unitario de Justicia para Adolescentes, El Ponchis saldrá libre. En palabras de las mismas autoridades, se reintegrará a la sociedad sin haber concluido sus terapias de reinserción, pero será liberado porque está por cumplir los tres años de prisión preventiva a los que fue condenado.
Su futuro es incierto. Estará de nuevo en las calles como un joven a punto de cumplir la mayoría de edad. Sus cuentas pendientes con la justicia, según lo marca la ley, habrán sido saldadas, pero su reintegración a un México que sigue viviendo bajo un clima de violencia constante y con una inconclusa terapia sicológica, deberían ser materia para un debate que genere nuevas reglas para la aplicación de las leyes. El límite de edad no debería ser razón para dar por terminado un tratamiento por demás necesario para alguien que lejos de crecer entre juegos, lo hizo entre sangre de la que manchó sus manos. Porque también ahí cabe otra pregunta: ¿a la atrocidad de sus varios crímenes le bastó el castigó que recibió? Hay casos, como éste, que invitan a una seria discusión.
Y como El Ponchis, hay más casos, todos dirigiéndose al mismo lugar: falta de modelos aspiracionales adecuados.
La coyuntura nos trae asuntos como los jóvenes víctimas de agresiones de otros jóvenes, que dejan de ser compañeros de clases y juegos, para convertirse en verdugos que ya han causado algunas muertes.
Por eso aplaudimos tanto a la selección de los niños Triquis, que resultó campeona. Por eso el sábado escribíamos sobre los ganadores del segundo lugar de un concurso en la NASA. Por eso celebramos cuando un mexicano, de cualquier edad y profesión, es reconocido en el mundo. Porque entre la impunidad y la violencia desaforada, necesitamos ejemplos para los modelos aspiracionales que para algunos parecen estar rotos.



